Los
cuerpos hablan, pero los investigadores, sujetos del logos, no acostumbramos
a percibir sus indicios. Como todos los otros seres humanos, sí lo
hacemos en la vida cotidiana; pero, olvidados de esas investigaciones,
escribimos como si ellos no intervinieran en los mensajes que analizamos;
son los literatos los que normalmente tienen la sensibilidad necesaria
para incorporarlos en sus trabajos. Por eso, para hablar sobre el tema,
comenzaré con una versión libre de un cuento: una especie de variación
sobre un argumento de Italo Calvino (1996); a la manera en que los músicos
competían haciendo variaciones sobre un tema que, alguna vez, uno de
ellos compuso; pero, en este caso, mi objetivo es tener la muestra de
un diálogo hecho de indicios corporales, para luego pensarlo en tanto
investigador. Requiero, pues, tu complicidad.
Estás
en el sexto vagón de un tren de provincias y una especie de sirena corta
y estridente da la señal de partida.
Desde
la puerta más cercana a la locomotora acaba de entrar una señora alta,
gruesa y bien formada; que demuestra, en cada uno de sus gestos y en
el diseño de sus ropas, la robusta opulencia de las matronas provincianas.
Viste
totalmente de negro. Su andar es pausado y lo suficientemente flexible
como para compensar, sin esfuerzos, los movimientos del tren, que se
zamarrea al iniciar la marcha. La seguridad con que se desplaza permite
suponer que está acostumbrada a estos viajes.
El
talle de la señora muestra esa firmeza que normalmente se conserva hasta
promediar los treinta años. Pero el velo negro,
que
se desprende desde las alas del sombrero y oscurece sus facciones, no
permite captar otros rasgos que confirmen esa primer impresión. Quizá
sea mayor. Quizá lo sea, a juzgar por la lejana expresión de aquellos
ojos inasibles o por la dureza de sus rasgos, que no parecen anidar
frecuentes sonrisas.
No
da la impresión de estar demasiado atenta a lo que hace. Camina sin
perder el equilibrio y deja atrás varios asientos vacíos. Su mirada,
semioculta por el velo, parece dirigirla hacia la puerta del próximo
vagón.
Pero
eso no ocurre. De golpe se detiene junto a un asiento doble –que ocupa,
del lado del pasillo, el soldado de infantería Tanagra— y, dejando apenas
una pausa para que Tanagra se aparte, gira su cuerpo al tiempo que lo
desplaza con agilidad hacia el asiento de la ventanilla.
Afuera
ha comenzado a llover. El movimiento de la viuda es absolutamente sorpresivo,
hasta intempestivo; y, al mismo tiempo, indiferente y agresivo; pero,
sobre todo –dada la existencia, en el mismo vagón, de muchos otros lugares
libres— muy poco comprensible. Por eso no resulta difícil entender la
rigidez que casi paraliza al soldado Tanagra cuando la suave tela negra
de la falda, que se aprieta contra las caderas de la viuda, inicia su
marcha hacia la ventanilla, sin darle siquiera tiempo para erguirse
y dejarle paso, obligándolo a retirar el rostro para que no roce sobre
las nalgas enlutadas. Echado hacia atrás en su asiento, con las piernas
levemente giradas hacia afuera y el mórbido cuerpo enlutado enfrentado
a su rostro, la cara de Tanagra indica primero sorpresa y enseguida
inquieta curiosidad.
El
recuerdo del cuartel desde el que salió, posiblemente con motivo de
su primer franco (estamos en Semana Santa, y la incorporación de soldados
fue en enero), parece haber perdido la obsesionante presencia que, hasta
este momento, lo había tenido como en las nubes. Pero quizá no sepa
muy bien qué es lo que ahora siente; salvo una confusa red de estímulos
indecibles que no cesan de reflejarse en el movimiento sin tino de sus
brazos y manos: ora cruzadas sobre el pecho o descansando con demasiada
firmeza sobre sus rodillas.
Aún
aturdido por la proximidad de esas caderas que le golpearan el rostro
y lo inundaran de un perfume amargo, Tanagra intenta comprender qué
fue lo que llevó a la matrona a desechar asientos vacíos y sentarse
a su lado: ¿la indiferencia respecto a uno u otro lugar? ¿una vieja
cábala que la obliga a sentarse siempre en el décimo asiento de la hilera
izquierda, al lado de la ventana? ¿por qué, habiendo otros asientos
vacíos, eligió la incomodidad de compartir su asiento con otra persona?
Si
no estás acostumbrado a los usos y costumbres de estos lugares en que
transcurre la narración, deberás saber que el luto es un ritual muy
serio. Sin ambigüedades, proclama que, en algún momento del pasado próximo,
un esposo murió y la unión que Dios consagrara continúa ahora de una
forma nueva: el cuerpo vivo pierde toda su sexualidad –que es enterrada
junto a la del esposo— y solo resta lo que podría ser el equivalente
a una estatua que mantiene la memoria de aquel que se fue. Esto Tanagra
no puede menos que conocerlo y compartirlo. Pero, a juzgar por el agarrotamiento
de su cuerpo, esa convicción no impide una ráfaga inquieta y sugerente
de preguntas que lo ponen ante una necesaria investigación.
Momentos
antes, esa triste, respetable y negra imagen de la ausencia podría haber
desaparecido en cualquiera de aquellos asientos desocupados que él,
Tanagra, ve claramente en la hilera de enfrente. En tal caso, hubiese
sido un relámpago oscuro; o, a lo sumo, si él no hubiese estado distraído,
el atuendo podría haberle comunicado un mensaje fugaz de tristeza, instantáneamente
disipado por el telón de los respaldos.
Pero
nada ocurrió de esa manera. Ella está a su lado. Y ante esa presencia,
sin saber muy bien por qué, siente que el velo negrísimo y el impenetrable
rostro blanco de la viuda son contradictorios con el insistente y amarguísimo
perfume que continúa envolviéndolo y con el calor que emana de esa pierna
que ahora roza, descuidadamente, el costado de la suya.
En
las ventanillas, la garúa dibuja arabescos oscuros que destrozan el
cristal con surcos afiebrados y vibrantes. Tanagra los mira y parece
como si viera las líneas de muchas manos; al tiempo que, como en una
ráfaga, quizá recuerde que alguien le habló de las huellas que el futuro
graba sobre esos ríos quietos que indican nuestro destino. Es posible
que esa remembranza le ayude a olvidar lo que acontece a su lado: se
lo distingue más calmo y como reencontrando la imagen de los amigos
que lo esperan al llegar.
Pero
la presión de las caderas y de la pierna de la viuda sobre su cuerpo
renuevan aquella zozobra, que comenzara con la invasión de su asiento,
luego se reformulara al sentir en su rostro la proximidad con esa inquietante
falda negra y ahora crece por el contacto tórrido y macizo de la mujer.
Como
enredado en extrañas sensaciones, el soldado Tanagra gira el rostro
hacia la ventana de su izquierda y simula fijar su atención en los efectos
de la lluvia, mientras observa con recato el perfil de su vecina. Al
verla, parece sentir temor; y ese temor aumenta al percibirle la expresión:
aquel semblante es la exacta reproducción de una estatua; y esa impasibidad
lo intimida.
Es
evidente que está desconcertado. Se encoge en el asiento y gira ostentosamente
su cabeza como para que la viuda no crea que la mira solo a ella. Es
su retirada: recuesta su cabeza sobre el respaldo y, encogido sobre
sí mismo, cierra los ojos como tratando de regresar a su sueño.
Pero
nada de eso dura. Aunque se mantiene quieto, la sangre se le agolpa
sobre el costado izquierdo –que ha cobrado una angustiosa hipersensibilidad—
y la rigidez de su postura lo asemeja mucho más a un felino, dispuesto
a saltar, que a una marmota, ausente en sus ensoñaciones. Se cruza de
brazos, al tiempo que sus piernas, muy poco entreabiertas, se cargan
con fuerza sobre los zapatos, apoyados completamente sobre el piso.
Todo parece indicar que se siente, a la vez, entre ridículo, obsesionado
y culpable.
Quizá
por eso se estremece casi imperceptiblemente cuando, en uno de esos
movimientos acompasados de las vías, su cuerpo se deslizó, sin él percibirlo
(¿o fue el de ella?), hasta suprimir, nuevamente, toda la distancia
que anteriormente él mismo había intentado crear.
¿Qué
pasa con la viuda? Tanagra parece ir y venir entre el miedo y una oscura
vergüenza: como si lo requiriesen y él no fuese capaz de responder.
Por una parte, sabe que cualquier error de interpretación podría ocasionar
una queja de su vecina y que el escándalo subsiguiente arruinaría ese
franco difícilmente conquistado; pero, por otra parte, intuye con certeza
que el mandato de un hombre es el de ir hacia la mujer y tomarla.
No
obstante ¿es ella una mujer? ¿Acaso él no sabe que el luto es la consigna
sagrada que nos prohíbe tomar como cuerpo sensible lo que es, o al menos
debería ser, un mero recuerdo de rubores carnales? El sombrero negro,
el perfil marmoreo velado por el espeso tul enlutado, la amplia y nocturna
chaqueta, la falda de seda color de endrino y aún las medias oscuras
que se pierden en zapatos de charol, indican claramente esa identidad.
Sin embargo, en los límites fundidos de su pierna y la de su compañera
el luto no impide que se produzcan remolinos quietos y ardientes; y
que una invasión agresiva de latidos sin cuerpo haga de ambas extremidades
un monstruo en el que los sentidos se agudizan dolorosamente.
Es
como si una cápsula de cristal hubiese recortado dos campos totalmente
diversos: en uno de ellos, las piernas reunidas dicen cosas que el resto
de los personajes niegan.
¡Oh
Dios! ¿qué es lo real y cuál el efecto de su percepción? Se puede adivinar
cómo la sangre de Tanagra se agolpa sobre el costado externo de su pierna
izquierda y luego se lanza a inundar tejidos cavernosos, sin que ninguna
conciencia moral pueda hacer nada por detenerla. Pero ¿pasa lo mismo
con la pierna que se recuesta contra la suya? ¿hay alguna agitación
en ese músculo que se adhiere, bajo la falda de seda, sobre los casi
húmedos pantalones de su tosco uniforme? ¿O, por el contrario, ese estar
de la viuda es el resultado de la insensibilidad pétrea e indiferente
de un cuerpo ya sin sexo? ¿Qué pensar?
Calvino,
espectador y narrador como nosotros, cuenta que:
“...la
señora permanecía impasible bajo el sombrero de matrona, fija la mirada
parpadeante y las manos quietas sobre el bolso en el regazo”
Y
advierte enseguida, como rompiendo con cualquier descuido de observador
inocente:
“sin
embargo, una larguísima franja de su cuerpo se apoyaba en aquella franja
de hombre”.
E
interpretando las elucubraciones de Tanagra sobre los posibles móviles
de la viuda, se pregunta:
“¿Todavía
no lo había percibido? ¿o preparaba una retirada? ¿o un rechazo?”
Ninguno
de los otros pasajeros parece haberse percatado de ese remolino que
arremolina el tiempo en uno de los asientos de este vagón. A menos que
haya otras historias que no hemos percibido, todo parece estancado.
O quizá ocurra que el tren, meciendo suavemente los cuerpos, abra otros
túneles secretos; que dejan pasar historias sin testigos y de las que
somos absolutos ignorantes. Lo cierto es que cada uno está en su mundo
y Tanagra en el suyo; con su tiempo suspendido del deseo; alejado de
lo que dejó o de lo que habrá de ocurrir al terminar el viaje; y en
este suspenso parece muy poco dueño de sus impulsos.
Calvino
percibe aquel descontrol y narra que Tanagra, dispuesto a encontrar
alguna respuesta:
“…contrajo
el músculo de la pantorrilla como si fuera un puño duro, cuadrado, y
después con ese puño de pantorrilla, como si una mano dentro quisiera
abrirse, se apresuró a golpear la pantorrilla de la viuda. Fue, claro
está, aclara Calvino, un movimiento rapidísimo, apenas el tiempo de
un juego de tendones: de todos modos, ella no se echó para atrás; al
menos por lo que él (Tanagra) pudo entender.”
Pese
a que, como el soldado pudo apreciar con un rápido movimiento de cabeza,
la distancia que la separaba de la pared opuesta hubiese permitido que
la viuda se apartase, el cuerpo negro seguía pegado al suyo y el rostro
perdido en alguna visión lejana de un paisaje que Tanagra había dejado
de percibir ¿Que es lo que esa inmovilidad significaba?
Su
investigación debe recoger indicios huidizos y muy poco convencionales.
No solo las palabras están ausentes. También los gestos conocidos. Ya
que el rostro de la viuda, cubierto por el velo, nunca perdió esa impasibilidad
de mármol que tuvo desde su llegada. ¿Que es lo que los cuerpos dicen
cuando no hay palabras, ni sonrisas, ni ardor en los ojos? Normalmente,
los juegos de seducción muy difícilmente pueden prescindir de la mirada
y del requiebre implícito en algún retozo del lenguaje. Avanzar o retroceder
en las conquistas supone un esfuerzo de hallazgo e interpretación de
esos significantes. Cuando los lenguajes son otros, el desconcierto
obliga a una inusitada tensión en el investigador. Pero, más allá de
esas diferencias –nacidas de una mayor o menor familiaridad con ciertos
lenguajes— en todos los casos, la ambigua complejidad de los significantes
será siempre el centro neurálgico de toda la angustia del descubrimiento.
El
indicio no es pensable como un barco que llega a los puertos –de nuestros
oídos, de nuestra vista o de nuestra piel— cargado de mensajes claros
y distintos. Lejos de esa imagen, los indicios deben ser pensados como
una creación, en la que siempre están presentes el emisor y el receptor;
y esa complejidad los hace normalmente muy poco claros o confiables:
posiblemente ella quiere (¿quiere?) significar algo con su inmovilidad,
pero él debe conocer esos significados y también estar en condiciones
de captarlos y reaccionar a tiempo con una nueva señal, antes de que,
a su vez, ella interprete ese silencio como ignorancia, rechazo o vaya
usted a saber que otra cosa.
Esa
es normalmente nuestra relación erótica con lo real: un saber que nos
lleva a procurar lo que anticipamos como existente, a riesgo de errar
y no encontrar nada, o encontrar algo que no buscábamos . Y lo malo es que él, Tanagra investigador, es el único
responsable de interpretar, correctamente o no, esos latidos que le
parecen unir su deseo a los de la viuda.
Si
nos atenemos a lo que puede verse, ella simplemente está ocupando uno
de los asientos de un tren; sin ningún otro contrato que el que contrajo
al comprar su pasaje y sin otro lazo con Tanagra que el de la contigüidad.
Contra esa evidencia, probar que su conjetura no es un delirio requiere
de indicios ciertos; solo con esos indicios podrá Tanagra avanzar sin
riesgos o dejar la empresa sin sentirse un tonto.
Y
Tanagra parece dispuesto a buscarlos.
Como
si lo condujese el movimiento automático de un sueño, su mano izquierda
busca el bolsillo de su pantalón y se introduce en él con suave firmeza:
sus nudillos esculpiendo inevitables huecos sobre la pierna firme e
inmóvil de la vecina.
La
respiración del soldado nada tiene que ver con la de alguien que duerme.
Tan agitado está que no logra percibir que ella ahora se mueve más como
producto de un estremecimiento involuntario que por una decisión de
interrumpir la escena. Como esperando el grito indignado de su vecina,
la mano de Tanagra acaba de saltar fuera del bolsillo y su traquea se
alza, como buscando aire o intentando tragar, al tiempo que se arrincona
en el asiento y abre los ojos, simulando que ha despertado.
A
su lado, el velo negro se mueve suavemente, acompasando el leve giro
del torso de la viuda, que ha comenzado a quitarse su chaqueta negra
para luego dejarla distraídamente doblada sobre las rodillas. No hay
gritos. La lluvia sigue dejando sus huellas grisáceas sobre las ventanas;
y las ruedas de hierro de los vagones oscurecen todos los sonidos al
golpear monótonamente sobre las uniones rígidas del riel.
Apretado
aún contra el apoya brazos sobre el que casi se acurrucara, Tanagra
ve, de reojos, que los rasgos de su vecina mantienen la misma impasible
severidad de siempre. Solo la cabeza se ha movido un poco y los ojos
(azules e insondables) dibujan un breve péndulo sobre los asientos circundantes
–sin siquiera fijarse en él— para quedar nuevamente atrapados por el
horizonte móvil de la ventanilla.
También
el soldado mira algo inquieto a los otros pasajeros. Pero nadie está
atento a sus movimientos. Como ocurriera casi desde la salida de la
estación, cada uno de ellos continúa durmiendo o adormecido: todos acunados
por el ritmo ondulatorio de las vías.
Nada
ha cambiado. Tampoco la temperatura; que se conserva más bien fresca,
debido a la cercanía del otoño ¿qué es, entonces, lo que impulsó a la
viuda a quitarse la chaqueta? Tanagra parece haberse tranquilizado.
El olor amargo de ese cuerpo, liberado ahora de la chaqueta –que descansa
cruzando las piernas de ella e invade parte de las suyas— vuelve a golpearlo
con fuerza.
El
perfume recorre su piel nuevamente erizada.
Pero
su duda continúa.
El
negro no es su color preferido. Lo paraliza el recuerdo de aquellos
otros ajuares negros de las beatas que, cuando niño, vigilaban eternamente
sus juegos en el atrio de la iglesia. También era negra la sotana del
párroco. O los trapos con que se cubren las imágenes en Semana Santa.
Y los autos fúnebres.
Luto
sin palabras, cuerpo caliente, olor amargo. Ni un solo gesto conocido.
Ese rostro, que ahora mira desde los párpados entrecerrados de quien
duerme, sigue tan impenetrablemente distante como en el comienzo. La
piel intensamente blanca, la no muy convencional mancha de carmín que
brilla en la boca, la espesura negra y abundante de las cejas, las líneas
de esos brazos que se asoman desde las mangas de una blusa azabache
que ajusta suave y firme el busto abundante, el perfume amargo, que
se ha hecho más intenso. Toda ella es una visión que lo perturba hasta
las nauseas. Pero de esa visión no se desprende ni un gesto que anime
su ánimo. Nada que le permita saber si la indiferencia del rostro es
un mensaje desalentador o el pórtico cerrado que esconde esos ardores
eróticos que alguna vez conociera en una lejana siesta veraniega. Por
un momento su imaginación le trae a la memoria esa otra señora que,
en su adolescencia, le abriera su casa –también entonces violando elementales
leyes conyugales— y le enseñara los primeros sudores del amor. También
entonces iba hacia esa casa con miedo insoportable y repitiéndose que
no era su intensión ir y que no lo haría. También entonces seguía caminando
como lo hace ahora su mano, que como arrastrada por el movimiento centrífugo
de una curva, cae en el espacio que, minutos antes, su sobresalto había
producido entre él y su compañera de asiento. También ahora sigue diciendo
que no, pese a que la piel de sus nudillos percibe el roce de la seda
negra; y pese a que un leve movimiento de la mano, curvada sobre su
propia pierna, provoca una nueva y más profunda inmersión de sus nudillos
en el cuerpo de su vecina, que permanece inmóvil.
Tentar
a tientas. Tentación obsesiva. Riesgo. Sus ojos siguen simulando el
sueño y su mano gira sobre sí misma buscando, ahora con la piel más
sensible de la palma, las huellas antes dejadas por sus nudillos en
la seda negra. Y ya no se espanta cuando su vecina toma la chaqueta
que estaba doblada sobre su regazo y la extiende hacia él, tapando completamente
la unión estrecha de las piernas, donde está sumergida su mano.
Las
preguntas parecen haberse desvanecido. Protegido por la chaqueta y su
sueño aparente, la mano del soldado aprieta suave y firmemente la pierna
bajo la seda. En tanto el rostro de la viuda sigue obstinadamente fijo
en algún punto lejano del paisaje; y el tren continúa meciendo cuerpos
y arrullando sueños, con el golpe monótono de las ruedas sobre el comienzo
erguido de cada segmento de riel. Pero cada vez más lentamente. Anunciando
la llegada a la última estación.
Reflexiones
Como
ya dije, la literatura ha obligado a los escritores a estar atentos
a los indicios con los que el lenguaje del cuerpo puede ser interpretado.
Al reescribir el cuento, para hacerlo más corto, me obligue a no pensar
teóricamente en los temas que luego desarrollaría. Esa es una experiencia
que cualquiera de los lectores puede repetir escribiendo o solo recordando
alguna escena de su vida cotidiana. El experimento le permitirá captar
cómo, estos cuerpos, en los que nuestra cultura no encuentra normalmente
lenguajes dignos de ser tenidos en cuenta por los investigadores, es
una fuente de indicios que dan nuevas formas a nuestra idea de la investigación.
Para
corroborarlo, haré primero un inventario de los diálogos corporales
que se pueden encontrar en esta escena, para luego pensarlos desde la
perspectiva de un investigador.
El
primer párrafo indica la entrada de uno de los personajes y avanza una
suposición solo basada en el aspecto general: es una señora, los atuendos
indican que su cultura es la de una provinciana, su luto proclama que
es viuda y el cuerpo es interesante. Además, según las indicaciones
del segundo y tercer párrafo, está acostumbrada a esos viajes en tren
y su edad podría acercarse a los treinta años, aunque los indicios no
son claros, dada la seriedad o dureza de sus rostro (lo que no necesariamente
indica edad sino una cierta forma de ser).
Los
dos párrafos siguientes nos ponen nuevamente ante las dificultades de
una hermenéutica de los indicios. Por la dirección de la mirada el observador
cree que ella caminará hasta dejar el vagón. Pero sorpresivamente se
detiene y entra en un asiento. Es el acto el que ahora debe ser interpretado.
La tarea corresponde a dos intérpretes. El narrador, que observa lo
que ocurre, y Tanagra, que será una especie de remedo del investigador
que todos somos en cada acto de nuestra vidas.
El
movimiento sorpresivo de la señora es interpretable –como todo lo demás,
pero esta vez de una manera indeclinable— dentro de ciertos usos y costumbres.
Si hacer esas elecciones y entrar sin parsimonia en un asiento fuese
la norma, Tanagra no se hubiese asombrado. Pero no lo es. Es la incongruencia
con la costumbre lo que hace que el olfato de agudice con una señal
de alerta y el cuerpo reciba el estímulo de la adrenalina.
La
escena puede recordarse leyendo los párrafos 6 y 7. En los gestos de
Tanagra el observador puede advertir una inquietud aún no definida y
un aguzamiento de la percepción, que procura reunir y articular indicios
(movimiento de invasión, caderas que casi tocan su rostro, olor amargo,
asientos vacíos que no justifican la elección de la viuda) para situarse.
La interpretación no se hace desde la vacuidad, el luto le exige dudar
de móviles eróticos – aunque las caderas lo han obligado a sentir su
cuerpo como fuente de interpretaciones que desean dirigirse hacia allí—,
por eso las preguntas absolutorias que el observador pone en la mente
de Tanagra y luego transmite al lector. Cuerpo erótico y luto se contraponen.
Esa es la esencia de la dramática incongruencia de los indicios .
Los
que ve son indicios que lo obligan a una conducta lejana y respetuosa.
Pero otras son las sensaciones que despierta la piel de su dorso al
sentir el contacto caliente de ese cuerpo ajeno. Y lo que sabe de esas
circunstancias lo llevan a preguntarse: por qué ella no evita el contacto,
retirándose hacia la pared del vagón, o no lo evitó antes sentándose
en otro lado.
Mirar
el rostro de la vecina (lo hace Tanagra en el párrafo 14) profundiza
la ambigüedad de la situación. Dadas las circunstancias, “impasible”
es un gesto que no indica ni aceptación ni rechazo, pero no es ausencia
de mensaje; es, por el contrario, una puerta que requiere de su Sesamo
y que traslada a Tanagra toda la responsabilidad de develarlo. Obliga
al interprete a actuar, poniendo en juego todos sus saberes, y también
sus deseos y temores: la interpretación será heredera de toda la complejidad
de esa interacción de variables heterogéneas. Tal lo que se desarrolla
en la descripción de los párrafos 16 a 21.
Calvino,
al que hice cómplice inconsciente de este artículo, testifica que la
viuda no da señales visibles , pero que su quietud es sospechosa y esa sospecha, que comparte
Tanagra –y que es la que lo anima a buscar nuevos indicios— configura,
en los cortocircuitos del sospechado, el sospechante y sus indicios,
la fuente de energía que mueve toda la aventura narrada.
No
hablo de algo que sea absolutamente novedoso. Carlo Ginzburg (1983)
escribió, hace más de una década, un artículo titulado “Señales: Raíces
de un paradigma indiciario”. En él muestra cómo, partiendo del interés
por encontrar rastros que permitiesen adjudicar las obras de arte a
sus verdaderos autores, el italiano Carlo Morelli propuso un método
basado en la búsqueda de indicios, no usualmente tenidos en cuenta,
como forma de identificar las autorías de aquellas obras de arte que
no se sabía a quien atribuir o de las que se sospechaba que eran falsificaciones,
etc.. Inicia así un recorrido en el que relaciona, con inteligencia,
las antiquísimas actividades de los cazadores –tratando de interpretar
huellas efímeras y tenues, para encontrar a sus presas— con la búsqueda
de síntomas en las curas de las almas o de los cuerpos, con las cuidadosas
codificaciones del saber adivinatorio y con muchas otras formas del
saber práctico.
Guinzburg
llega a percibir que ese saber de los indicios es un saber cuyos cultores
no pretenden leyes generales, sino formas de aplicar una cierta pericia
a la interpretación de individuos. Pero se detiene allí. No es su propósito
indagar sobre la relación entre el paradigma indiciario y otros paradigmas
sino, simplemente, descubrir su presencia y mostrarnos algunas de sus
fuentes históricas.
Sin
embargo, basta pensar un poco lo que el mismo Ginzburg nos cuenta para
relativizar toda posible contraposición entre un saber de las normas
generales y otro de los indicios o síntomas de un cuadro individual.
A
menos que se crea en que Dios ha creado las leyes y nos las ha depositado
integras en nuestras mentes o en las de sus sacerdotes, es imposible
pensar en leyes cuyo origen no haya sido signado por alguna investigación
sobre el mundo. Y a menos que pensemos que la realidad del mundo es
capaz de ser captada in toto a través de los conductos de los
sentidos , no es pensable que el conocimiento nomológico haya podido,
en algún momento, prescindir de indicios. Tampoco es pensable un conocimiento
indiciario que no se apoye en generalizaciones y que no tienda a producirlas
y sistematizarlas como vía para acumular experiencias.
No
es pues una contraposición entre generalización e individualización.
Mejor dicho. La cuestión no debería ser pensada como una contraposición
entre conocimiento legal y conocimiento individual. No debería. Pero
eso justamente es lo que, en la historia de las ciencias sociales, ha
implantado como norma acrítica el positivismo en sus más diferentes
formas. Sin ir más lejos, mientras escribo esto acabo de recibir un
mensaje por correo electrónico. Es un pedido de auxilio que un alumno
desesperado lanza en una comunidad cibernética dedicada a la discusión
sobre métodos cualitativos. En ella dice:
I've
just submitted the proposal for my qualitative dissertation in a dept.
that has little experience with this form of research. My advisor wants
me to fix a specific number of cases for this interview-based study.
I've explained “saturation” and that the number of subjects might be
five or it might be ten or anything in between. Not specific enough;
he wants to have me explain my estimates and give both a maximum and
a minimum for the number.
I've
looked in the standard refs, and searched the literature, and explained
saturation, but have not so far found anything to convince her that
I'm not just going fishing. Any suggestions would be much appreciated.
El
profesor en cuestión quiere que su alumno aplique las normas normalmente
aceptadas para planificar una muestra estadísticamente representativa.
Él no cree, podríamos apostar sobre eso, que haya otra forma de conocimiento
científico que no sea un conocimiento que produzca generalizaciones
a partir del estudio de muestras estadísticamente representativas.
Pero
sería demasiado largo discutir en profundidad todos los recovecos de
esta herencia positivista. Postulo pues dos axiomas: el conocimiento
es siempre indiciario y, al mismo tiempo, siempre es un construcción
en que las generalizaciones –en las que se codificó la experiencia obtenida
en investigaciones anteriores— se combinan en el proceso de conocimiento
de cada nuevo caso, que es siempre individual .
Situados
de esa manera los parámetros entre los que me moveré en esta última
parte del trabajo, regreso al tema de los indicios; agregando que, si
el trabajo de la ciencia es siempre el de una búsqueda de indicios,
ellos no se deben escudriñar sólo en las formas usuales del lenguaje
sino en los gestos más imperceptibles del cuerpo.
“El
cuerpo significa, aunque uno no quiera. Ser mimo o no serlo no depende
en modo alguno de vosotros, pues lo sois incurablemente” (E. Decroux
citado en Salzer; 1984)
Y
lo importante para un investigador es que, justamente por ser menos
conocidos y por lo tanto menos manipulables, mucho se puede extraer
de la interpretación de esos movimientos inconscientes del cuerpo mediante
los que se transmiten mensajes involuntarios.
Lo
absurdo es que en esta caza de significados, que en definitiva es el
resumen de toda investigación social, pocos sean los que se han propuesto
hablar de los significados que muestra el cuerpo y no siempre descubre
la razón. Y esta ausencia es especialmente problemática para aquellos
que hacemos sociología de la juventud; ya que es mediante los lenguajes
del cuerpo como los jóvenes, especialmente los jóvenes, se manifiestan.
Tomo
el caso de las entrevistas. Como se sabe, hay entrevistas de muy diversas
clases y con muy diferentes propósitos y grados de éxito. También hay
una profusa literatura sobre el modo de encararlas. Sin embargo, en
todos los trabajos que he leído sobre las entrevistas, el lenguaje privilegiado
es el verbal : se habla, casi exclusivamente, de la guía de las entrevistas
o de la forma en que se redactan las preguntas, etc.. Lo que he mostrado
antes permite enfrentar el asunto desde otro ángulo, que me parece no
solo complementario sino indispensable para la buena realización de
una entrevista, particularmente en aquellas que se llevan a cabo entre
jóvenes. Los lenguajes que se entrecruzan en una entrevista son muchos
y su interrelación muy compleja, por lo que aproximarnos a una buena
entrevista, y a una buena interpretación de sus resultados, supone tener
en cuenta esa complejidad y aprender a comprenderla.
Como
se sabe, la entrevista es una relación social que se entabla entre personas
que normalmente no se conocen o se conocen poco. Se produce así una
exacerbación de lo que es un rasgo común de toda interacción: por sobre
la ilusión de certidumbre que se asienta en cuerpos y apellidos (soy
Fulano de Tal que entrevista a Perengano), tanto el entrevistado como
el entrevistador se relacionan con las imágenes que tienen –y durante
la interacción van reconstruyendo— de su interlocutor. Esas imágenes
son formadas por el lenguaje y la apariencia del otro, pero también
por prejuicios preexistentes respecto a lo que se sabe de quienes están
haciendo la entrevista o de los entrevistados . Son esos prejuicios, que llevan a incluir al interlocutor
en una “clase de gente” y atribuirle las características de esa clase,
los que orientarán la estrategia discursiva y las reacciones inconscientes
del entrevistado y del entrevistador. Se debe prever la influencia de
esas imágenes en los resultados de la entrevista y teniendo esto en
mente se debe elegir el tipo de lenguaje gestual (vestimenta, movimientos
del cuerpo, etc.) u oral (tipo de palabras utilizadas) que se utilizará
durante la reunión con el entrevistado.
Los
investigadores saben esto y normalmente planifican parte de esos lenguajes
gestuales u orales. Pero escasos han sido, hasta ahora, los intentos
de profundizar más en el conocimiento y en la sistematización del conocimiento
sobre esos lenguajes del cuerpo que siempre están presentes en las entrevistas,
tanto del lado del entrevistador como del entrevistado, completando
el mensaje y, en muchas ocasiones, dándole al mensaje verbal una riqueza
y complejidad que normalmente se pierden en la futura interpretación.
Si
bien entre psicólogos sociales o entre los cultores de la expresión
corporal hay intentos de rescatar esos lenguajes, esos intentos no han
formado parte de la reflexión metodológica más conocida. En todos los
casos, el privilegio del lenguaje verbal por sobre todos los otros lenguajes
es una constante que se ve confirmada por el logocentrismo que ha signado
casi toda nuestra tradición cultural . Es cierto que, por mucho tiempo, fue difícil resolver
técnicamente la captación de los lenguajes corporales. Hoy, el acceso
cada vez más frecuente a la vídeo grabación puede resolver parte de
esa ausencia y los programas de computadora que facilitan el análisis
de ese tipo de textos incrementan las posibilidades de hacer útiles
esas captaciones. Pero la existencia de facilidades técnicas será solo
una parte menor de la cuestión mientras no aprendamos a incluir los
lenguajes del cuerpo como una porción inescindible de toda comunicación
humana y mientras no le adjudiquemos la jerarquía significativa que
normalmente solo reconocemos en los lenguajes del espíritu o de la razón.
Este
artículo no tiene como propósito agotar el tema de los lenguajes del
cuerpo, sobre el que apenas si he comenzado a pensar y a experimentar
como metodólogo. Si tiene algún mérito, será el de impulsar una mayor
reflexión sobre esos lenguajes y su uso en las investigaciones cualitativas.
BIBLIOGRAFÍA