INDICE
INTRODUCCIÓN GENERAL................................................................... 5 
INTRODUCCIÓN.......................................................................................... 18
1. La cuna .............................................................................................................24
2. La construcción de los universos simbólicos.............................................28
2.1. Orden hegemónico y sentido común ...................................................28
2.2. El sentido común y la formación de la subjetividad..........................29
El sentido común y los proyectos .................................................................34
3.- Los proyectos hegemónicos ........................................................................36
Los poderes de lo simple ................................................................................38
1. intereses objetivos y movimiento social ....................................................43
2. Bien común y acción colectiva: la crítica individualista..........................47
3. La crítica de Pizzorno al utilitarismo individualista ................................49
4. Los movimientos sociales como proyectos hegemónicos......................51
INTRODUCCIÓN......................................................................................... 55
1. Los orígenes y el discurso ............................................................................57
1. 1. La industria:..............................................................................................60
1. 2. El desarrollo urbano: .............................................................................62
1. 3. Algunas de las primeras consecuencias de esos desarrollos...........63
2. El desarrollo agradecido como modelo hegemónico ............................63
1. 2.1. Las continuidades y sus límites .......................................................67
1. Añoranzas del bien no tenido ....................................................................71
1. 1. EL POPULISMO Y EL DISCURSO DE LA IGUALDAD ....74
1. 2. LAS POLÍTICAS DE DESARROLLO ..........................................75
1. 3. LAS TRAMPAS DE LA UTOPÍA ...................................................79
INTRODUCCIÓN...........................................................................................87
1. Los condicionantes internos .....................................................................103
2. Los condicionantes externos.....................................................................105
3 LOS MITOS AUSENTES Y EL DESAFÍO AL MOVIMIENTO
AMBIENTAL ................................................................................................109
4 EL AMBIENTALISMO Y LAS LUCHAS POSIBLES............. 116
1. la educación ambiental como política....................................................119
Educación ambiental y política..................................................................121
INTRODUCCIÓN GENERAL
Como el famoso aprendiz de siglos de revolución industrial nos hemos ido percatando
de que las fuerzas desatadas por nuestra ciencia pueden destruir todas las formas
conocidas de vida. Tales comprobaciones han desatado un alud de investigaciones, de
discusiones entre expertos, de conferencias mundiales y de movimientos ecologistas y
ambientalistas. Estos son signos alentadores. Sin embargo, esa preocupación aún no ha
impedido que la gravedad y rapidez con que se suceden los desastres ecológicos sea cada
vez mayor.
Si se compara la magnitud del desastre ecológico con lo logrado en la investigación
y en el aumento de la conciencia colectiva sobre el tema, lo que se ha podido avanzar
es poco y apenas está reducido a algunas áreas. Hay avances en la investigación y
difusión de informaciones, pero los cambios en los valores y actitudes de los que toman
decisiones y de la población en general son mucho menos profundos. En la década del
noventa, ya son muchos, por ejemplo, los que se han convencido de que no se pueden
seguir ignorando los efectos de la actuación humana en la conservación del medio ambiente
natural. No obstante, son demasiado pocos los que han percibido que el esfuerzo
no debe únicamente centrarse en la obtención de algunos paleativos que limpien un poco
el aire, el agua y las conciencias; y son aún menos, mucho menos, los que verdaderamente
aceptan la necesidad de promover profundas transformaciones socio-culturales.
Por otra parte, las actuales características del orden económico internacional agravan los
efectos negativos sobre el medio ambiente de dos maneras complementarias. Por un lado,
las sociedades industrialmente desarrolladas están haciendo un uso de los recursos
naturales muy por encima de la capacidad de regeneración que éstos tienen y, por el otro,
habiendo condenado a la pobreza amplísimas zonas del planeta obligan a sus habitantes
a ser cómplices de ese uso depredador ya que de otro modo no lograrían recursos suficientes
para mantenerse con vida.
En resumen, el planeta ya se encuentra en un grave problema y éste amenaza
con hacerse más grave en el correr de los próximos años. Enfrentarlo implica concentrar
esfuerzos de investigación y acción en muy diferentes aspectos y ese trabajo tendrá características
distintas según el país desde el que se haga. El ensayo que estoy presentando
se concentrará en elaborar algunos aspectos socio-culturales del problema, a partir
de la situación actualmente vigente en Puerto Rico.
En el campo cultural, la mayoría de los responsables de política pública del mundo
se han contentado con hacer gestos y enmendar, mediante parches más o menos efectivos,
los defectos más visibles de sus políticas. No obstante, la mayor parte de la inversión
(en talento y dinero) sigue fluyendo hacia la corrección de algunos de los efectos de las
tecnologías actuales, sin poner en discusión la propia conceptualización sobre los problemas
ligados a las actuales concepciones sobre el desarrollo tecnológico o el crecimiento
económico. Se impide, de esa forma, que la discusión sea seriamente conducida hacia
los campos de la reconversión tecnológica global y de las causas que retardan una revolución
socio-cultural que permita una nueva relación de la humanidad con el entorno natural
al que pertenece. Esa resistencia al cambio hace que las catástrofes ambientales se
sigan examinando, y tratando de resolver, desde los mismos patrones culturales que las
hicieron posible.
Contra la concepción con que se manejan las actuales fuentes de financiamiento
disponibles, tal permanencia de viejas convicciones demuestra la indispensable necesidad
de facilitar al máximo las iniciativas de investigación y cambio tendientes a la subversión
de los actuales valores y patrones de conducta en relación al medio ambiente, en
todos los niveles de la sociedad.
La Conferencia Mundial sobre el Medio Ambiente y Desarrollo, llevada a cabo en
el Brasil, fue un foro donde las preocupaciones mundiales se expresaron en su mayor
grado. Pero también fue el lugar donde se mostró lo mucho que falta recorrer para que las
declamaciones respecto al problema dejen alguna vez de serlo y se conviertan en políticas
que comprometan efectivamente a los mayores causantes de la destrucción ambiental.
La importancia de efectuar cambios radicales en las concepciones culturalmente
dominantes sobre la relación entre los hombres y su entorno ha sido expuesta reiteradas
veces. Autores como Cadwell (1991) y Brown et. al. (1992), por citar sólo los que ahorame vienen a la memoria, han demostrado que la mayor parte de los problemas ambientales
tienen como trasfondo una dimensión socio-cultural de gran importancia; y miembros
de las Naciones Unidas, como William D. Ruckelshaus (1989) , han insistido en que:
Si bien ya no podemos volver a la economía de auto subsistencia que practicaban
nuestros ancestros, no hay razón por la cual no podamos crear
una conciencia, adecuada a la era moderna, que facilite un desarrollo no
depredatorio.
Según el mismo Ruckelshaus, el desarrollo de una nueva conciencia requiere una
gran innovación en los patrones de conducta. E insiste en que, por su profundidad, dicha
revolución deberá ser similar a la ocurrida durante la última etapa del neolítico o durante
la primer revolución industrial.
En el mismo sentido, el análisis del filósofo mexicano Leopoldo Zea (1990: 17-18)
es el siguiente:
Después de varios siglos, el hombre empieza a tomar conciencia de los peligros
que amenazan su existencia en relación con su trato con la naturaleza.
Una larga historia del hombre en la que éste ha olvidado la ineludible
relación que guarda como hombre con el entorno natural del cual es también
parte. Los peligros están ya trágicamente a la vista, morir por envenenamiento
atmosférico, de hambre, calcinado congelado o ahogado. La
naturaleza por el hombre manipulada se vuelve en su contra y le cobra la
larga cuenta de expoliaciones. Pero el hombre ha olvidado que él es también
naturaleza, que es una de sus criaturas y que por serlo tiene que
arrastrar los cambios que en su afán expoliatorio ha originado. Su cuerpo,
parte de esa naturaleza, sufrirá por las alteraciones de la misma.
El hombre es una de las criaturas de la naturaleza que sólo se diferencia de
otras criaturas por su capacidad de abstraer, de tomar conciencia, reflexionar
o razonar. La amenaza ecológica originada por este olvido hace
ahora reflexionar al hombre sobre la necesidad de revisar la ineludible relación
que guarda con el mundo natural del que es parte. Pero igualmente
ineludible la necesidad de comunicar a otros hombres de estas experiencias
para que juntos enfrenten lo que podría ser, si no el fin de la tierra, sí el fin
de todos sus habitantes.
Según la opinión dominante entre aquellos que se han dedicado a observar el problema
y reflexionar sobre sus dimensiones, lo que está en juego es una completa reestructuración
de la manera en que la cultura occidental ha concebido la relación entre la
humanidad y el resto de la naturaleza. El imperio de nuestras actuales formas de comprender nuestras relaciones con el planeta, domina el mundo industrializado (Europa, sus
antiguas colonias y sus posteriores zonas de influencia) desde hace más de cinco siglos,
y su germinación llevó un tiempo aún más prolongado. Sin embargo, la percepción de las
consecuencias negativas de esa percepción llegó tan tarde que, en medio siglo más, la
capacidad destructiva de este sistema puede ser irreversible. Poco es el tiempo que resta
comparado con los plazos que impone el ritmo actual de destrucción ambiental, por lo que
es indispensable una profunda y casi instantánea modificación en las ideas.
Lo peligroso es que nunca los cambios socio-culturales han sido tan rápidos. Vencer
la inercia de viejos moldes culturales supondría, de un lado, la aparición de potentes
movimientos sociales dispuestos a experimentar los mil caminos de esa reconversión; y,
de otro, la aparición, desde la ciencia, de un movimiento potente de pensamiento tendiente
a apresurar esa reconversión, lo que supondría una radical redistribución de los esfuerzos,
impulsando el uso de tecnologías limpias pero, sobre todo, privilegiando estudios socio-
culturales que permitan reconocer las fuentes de las mayores resistencias al cambio
en todos los contextos sociales. Pero esta no es la actual distribución de prioridades.
Repito que, en estos treinta últimos años, lo dominante ha sido encarar la lucha
contra la destrucción ambiental como un problema casi exclusivamente técnico para las
empresas y de educación sobre el uso de desperdicios entre las comunidades, ignorando
que una transformación de ese tipo escapa totalmente a la exclusiva esfera de los especialistas
y de la modificación de ciertas conductas aisladas.
Tomo como ejemplo el caso de la ciencia. El desarrollo del pensamiento científico
y tecnológico no está determinado únicamente por las necesidades de su propia lógica.
Por el contrario, principalmente lo está por las prioridades institucionales (sea de los gobiernos
o de las empresas) así como por los valores culturalmente dominantes. Si bien,
en todo contexto, los profetas solitarios son un elemento importante en la producción de
cambios. Y si bien muchos ecologistas proféticos han desarrollado hasta ahora una tarea
encomiable a pesar de actuar como franco tiradores. Esos augures, ligados a sus solas
fuerzas, no tendrán éxito en el logro de una rápida generalización de los cambios culturales.
Para que ello ocurra, las iniciativas tendientes al cambio deben provenir desde los ángulos más variados. Deben ser núcleos de la sociedad cada vez más amplios los que
interioricen los nuevos valores. Será esa interiorización lo que permitirá que, los que están
convencidos, tengan los medios que les permitan actuar de acuerdo a sus convicciones
sin apartarse de los usos y costumbres del núcleo social al que pertenecen. Si eso no
ocurriera, la diversas formas del control social actuarán disuadiendo las conductas ecológicamente sanas3: poniendo a los convencidos ante la opción de adaptarse a las exigencias
del entorno (y de esa manera traicionar las propias convicciones) o rechazar la norma
y sufrir las sanciones morales que normalmente caen sobre los inadaptados.
Ambas opciones son indeseables. La primera porque significaría un retroceso y la
segunda porque, aunque es a veces inevitable, crearía un conjunto de ambientalistas culturalmente
desterrados que serían impotentes para hacer que sus conocimientos incidan
en el logro de un cambio rápido en las costumbres sociales y en la producción de nuevos
conocimientos. Si el cambio socio-cultural no se generalisa, la mayor parte de los técnicos
y científicos ambientalistas, como cualquier ser humano, se verán obligados, pese a sus
intenciones en contra, a compartir las mismas conductas ambientalmente destructivas que
el resto de la población. Para confirmarlo, veamos por ejemplo las confesiones de un Roger
Mauvois (1980: 29), un geólogo que ha tomado conciencia de la necesidad del cambio
cultural y escrito un artículo sumamente interesante llamado “Escenarios de la relación
hombre naturaleza”. Allí Mauvois dice:
En cada uno de nosotros impera a la vez la identidad hombre-naturaleza y
el enfrentamiento de las fuerzas que se oponen a ésta. En este escenario, el
geólogo es uno de los primeros involucrados. Por caminar el mundo en sus
alejadas intimidades, sabe como nadie de esta identidad; conoce las veredas
del mundo, descubre sus santuarios, canta su belleza y grandeza. Pero
más que cualquier otro lo hace con la mirada fija en sus recursos, los del
subsuelo, importándole poco que éstos en su mayoría sean por esencia no
renovables. El geólogo ayuda en forma determinante al saqueo y/o uso
irracional de recursos que concentran, a niveles altamente peligrosos para
la humanidad, energía fósil o nuclear y los elementos de alto riesgo para la
vida, como los metales pesados o radioactivos. En este escenario individual
donde la carga de enajenaciones lleva a la tremenda contradicción de ser
uno mismo recurso natural del hombre, no se trata de culpar.
Y así como los técnicos y científicos aislados serían impotentes, tampoco ese
cambio puede ser el efecto de la exclusiva acción de líderes políticos o de una elite gubernamental
bien inspirada que la imponga o la proponga mediante medios normales de
difusión. Esa posibilidad traería consigo las conocidas desgracias que acompañan a todo
gobierno autoritario; y, al mismo tiempo, su capacidad de influencia sería a la larga sólouna ficción, siendo el autoritarismo esencialmente impotente para impulsar un cambio cultural
profundo. Son muchas las experiencias que demuestran que las revoluciones jacobinas,
forzadas por elites políticas o tecnocráticas, tienden a culminar en desastres. Como
lo recuerdan la actuación del Jacobinismo, durante la revolución francesa (Furet, 1980) o
las consecuencias indeseadas de las revoluciones llevadas a cabo en los países del Este
Europeo. Por eso, más que una intervención autoritaria de una elite, la rapidez y globalidad
de los cambios requeridos hace necesaria una gran participación ciudadana y la invención
de nuevos sistemas de difusión y experimentación.
Habida cuenta de esas experiencias es indispensable aceptar que la revolución
ecologista debe ser el producto de una extensa reestructuración de las conciencias individuales.
Reestructuración que haga posible la emergencia de múltiples esfuerzos ecológicamente
bien orientados y capaces de ser articulados en el marco de las instituciones
democráticas 4. Es en ese contexto que reaparece la responsabilidad y relevancia, por
mucho tiempo eclipsada, de los científicos sociales.
Para que sea posible un cambio de conductas en un tiempo tan limitado, la primera
condición es un reconocimiento colectivo sobre los reales peligros que afectan al planeta.
Pero esa convicción generalizada, si bien es una condición indispensable, no es una
condición suficiente. La experiencia histórica y la investigación social han demostrado que
las acciones colectivas no han surgido de una exclusiva certidumbre universal sobre la
necesidad de un trastrueque. Por el contrario, para que los individuos se conviertan en
activos generadores del cambio, siempre ha sido necesaria la confluencia de al menos
otros dos factores: a) que el logro del bien colectivo pueda identificarse, y ser vivido, como
compatible con el logro de un inmediato beneficio individual (Olson, 1968; Pizzorno, 1985)
y b) que los nuevos valores funcionen como operadores de nuevas formas de conducta.
Debido a eso, la meta es ir logrando una mentalidad colectiva en la que el problema ecológico
global sea pensable, al mismo tiempo, como un problema colectivo y como un inmediato
problema individual. Esto hace que, al menos en dos grandes rubros, sea urgente
y valiosa la participación de las ciencias sociales. Ella debe darse, por un lado, en la
investigación de los patrones socio-culturales que hacen difícil el cambio y, por otro, en el
diseño de estrategias capaces de ir acompañando el proceso de crisis y reconversión de
los patrones socio-culturales de tal manera que los mismos no se limiten a un reconocimiento público que luego es burlado en las prácticas individuales. El presente ensayo es
una aplicación de esa convicción a Puerto Rico.
En Puerto Rico, la lucha contra los efectos del daño ambiental lleva más de veinticinco
años. Al calor de esas luchas, se han desarrollado líderes y organizaciones ambientalistas
de gran compromiso. Sin embargo, esa movilización no se ha propagado sin contradicciones
y debilidades que pueden amenazar su posterior crecimiento. Mi pretensión
es poner en discusión dos de esas dificultades.
La primera tiene que ver con la manera extremadamente fragmentaria en que se
ha ido construyendo el movimiento ambientalista y la forma estrecha en que se han delimitado,
hasta ahora, sus objetivos. Existen, indudablemente, líderes que han tratado de
mostrar el carácter global de la cuestión ambiental: su íntima relación con otros problemas
económicos y sociales y la necesaria globalidad de la acción ambientalista. Pero la mayoría
de los militantes ambientalistas sigue teniendo un concepto demasiado inmediatista e
individualista del proceso de cambio cultural. Muchos de ellos, herederos de la tradición
marxista y sus fracasos 6 o de las tendencias teológicas progresistas de los ‘60 y ‘70, han
conservado de ésta la concepción esencialista (mediante la que se supone que todo lo
popular es naturalmente bueno y sabio), rechazando fervientemente, en cambio, todo esbozo
de política partidaria o de cualquier otra forma de organización permanente que
trascienda los límites de la comunidad. Otros, habiendo surgido de las luchas comunitarias,
se apegan a esa forma de lucha, que es la única que conocen, y rechazan o subestiman
formas más globales de intervención. y en todos los casos, la vieja enfermedad del
sectarismo y la falta de criterios plurales hacen difícil la gestión unitaria.
Como complemento, en el liderato de los tres partidos políticos, la cuestión ambiental —cuando es entendida– se ve reducida a algunos de sus efectos más visibles e
inmediatos, como la contaminación y los desperdicios. Desde esa perspectiva, tales partidos
ponen en sus agendas la cuestión ambiental como un problema más, junto a la corrupción,
la violencia, el desempleo, etc.; y no como una manera de entender el desarrollo
económico y social en su conjunto; esto es, como una dimensión presente en todas las
cuestiones socio-económicas relevantes.
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