libro :  
 

Libro ::: A / MAR / NOS ::: Movimiento Ambientalista y Hegemonia en Puerto Rico por Homero R. Saltalamacchia

C I J U P / UNIVERSIDAD DEL SAGRADO CORAZÓN
Puerto Rico; MARZO, 1993

 
 

por Homero R. Saltalamacchia

 

 INDICE



INTRODUCCIÓN GENERAL................................................................... 5 Ir al texto

INTRODUCCIÓN.......................................................................................... 18
1. La cuna .............................................................................................................24
2. La construcción de los universos simbólicos.............................................28
  2.1. Orden hegemónico y sentido común ...................................................28
  2.2. El sentido común y la formación de la subjetividad..........................29
  El sentido común y los proyectos .................................................................34
3.- Los proyectos hegemónicos ........................................................................36
  Los poderes de lo simple ................................................................................38
1. intereses objetivos y movimiento social ....................................................43
2. Bien común y acción colectiva: la crítica individualista..........................47
3. La crítica de Pizzorno al utilitarismo individualista ................................49
4. Los movimientos sociales como proyectos hegemónicos......................51

INTRODUCCIÓN......................................................................................... 55
1. Los orígenes y el discurso ............................................................................57
  1. 1. La industria:..............................................................................................60
  1. 2. El desarrollo urbano: .............................................................................62
  1. 3. Algunas de las primeras consecuencias de esos desarrollos...........63
2. El desarrollo agradecido como modelo hegemónico ............................63
  1. 2.1. Las continuidades y sus límites .......................................................67
1. Añoranzas del bien no tenido ....................................................................71
  1. 1. EL POPULISMO Y EL DISCURSO DE LA IGUALDAD ....74
  1. 2. LAS POLÍTICAS DE DESARROLLO ..........................................75
  1. 3. LAS TRAMPAS DE LA UTOPÍA ...................................................79
INTRODUCCIÓN...........................................................................................87
1. Los condicionantes internos .....................................................................103
2. Los condicionantes externos.....................................................................105
3 LOS MITOS AUSENTES Y EL DESAFÍO AL MOVIMIENTO
AMBIENTAL ................................................................................................109

4 EL AMBIENTALISMO Y LAS LUCHAS POSIBLES............. 116
1. la educación ambiental como política....................................................119
  Educación ambiental y política..................................................................121


 

INTRODUCCIÓN GENERAL


           Como el famoso aprendiz de siglos de revolución industrial nos hemos ido percatando de que las fuerzas desatadas por nuestra ciencia pueden destruir todas las formas conocidas de vida. Tales comprobaciones han desatado un alud de investigaciones, de discusiones entre expertos, de conferencias mundiales y de movimientos ecologistas y ambientalistas. Estos son signos alentadores. Sin embargo, esa preocupación aún no ha impedido que la gravedad y rapidez con que se suceden los desastres ecológicos sea cada vez mayor.
           Si se compara la magnitud del desastre ecológico con lo logrado en la investigación y en el aumento de la conciencia colectiva sobre el tema, lo que se ha podido avanzar es poco y apenas está reducido a algunas áreas. Hay avances en la investigación y difusión de informaciones, pero los cambios en los valores y actitudes de los que toman decisiones y de la población en general son mucho menos profundos. En la década del noventa, ya son muchos, por ejemplo, los que se han convencido de que no se pueden seguir ignorando los efectos de la actuación humana en la conservación del medio ambiente
natural. No obstante, son demasiado pocos los que han percibido que el esfuerzo no debe únicamente centrarse en la obtención de algunos paleativos que limpien un poco el aire, el agua y las conciencias; y son aún menos, mucho menos, los que verdaderamente aceptan la necesidad de promover profundas transformaciones socio-culturales. Por otra parte, las actuales características del orden económico internacional agravan los efectos negativos sobre el medio ambiente de dos maneras complementarias. Por un lado, las sociedades industrialmente desarrolladas están haciendo un uso de los recursos naturales muy por encima de la capacidad de regeneración que éstos tienen y, por el otro, habiendo condenado a la pobreza amplísimas zonas del planeta obligan a sus habitantes a ser cómplices de ese uso depredador ya que de otro modo no lograrían recursos suficientes para mantenerse con vida.

           En resumen, el planeta ya se encuentra en un grave problema y éste amenaza con hacerse más grave en el correr de los próximos años. Enfrentarlo implica concentrar esfuerzos de investigación y acción en muy diferentes aspectos y ese trabajo tendrá características distintas según el país desde el que se haga. El ensayo que estoy presentando se concentrará en elaborar algunos aspectos socio-culturales del problema, a partir de la situación actualmente vigente en Puerto Rico.
           En el campo cultural, la mayoría de los responsables de política pública del mundo se han contentado con hacer gestos y enmendar, mediante parches más o menos efectivos, los defectos más visibles de sus políticas. No obstante, la mayor parte de la inversión (en talento y dinero) sigue fluyendo hacia la corrección de algunos de los efectos de las tecnologías actuales, sin poner en discusión la propia conceptualización sobre los problemas ligados a las actuales concepciones sobre el desarrollo tecnológico o el crecimiento económico. Se impide, de esa forma, que la discusión sea seriamente conducida hacia los campos de la reconversión tecnológica global y de las causas que retardan una revolución socio-cultural que permita una nueva relación de la humanidad con el entorno natural al que pertenece. Esa resistencia al cambio hace que las catástrofes ambientales se sigan examinando, y tratando de resolver, desde los mismos patrones culturales que las hicieron posible.

           Contra la concepción con que se manejan las actuales fuentes de financiamiento disponibles, tal permanencia de viejas convicciones demuestra la indispensable necesidad de facilitar al máximo las iniciativas de investigación y cambio tendientes a la subversión de los actuales valores y patrones de conducta en relación al medio ambiente, en todos los niveles de la sociedad.
           La Conferencia Mundial sobre el Medio Ambiente y Desarrollo, llevada a cabo en el Brasil, fue un foro donde las preocupaciones mundiales se expresaron en su mayor grado. Pero también fue el lugar donde se mostró lo mucho que falta recorrer para que las declamaciones respecto al problema dejen alguna vez de serlo y se conviertan en políticas que comprometan efectivamente a los mayores causantes de la destrucción ambiental.

           La importancia de efectuar cambios radicales en las concepciones culturalmente dominantes sobre la relación entre los hombres y su entorno ha sido expuesta reiteradas veces. Autores como Cadwell (1991) y Brown et. al. (1992), por citar sólo los que ahorame vienen a la memoria, han demostrado que la mayor parte de los problemas ambientales tienen como trasfondo una dimensión socio-cultural de gran importancia; y miembros de las Naciones Unidas, como William D. Ruckelshaus (1989) , han insistido en que:

Si bien ya no podemos volver a la economía de auto subsistencia que practicaban nuestros ancestros, no hay razón por la cual no podamos crear una conciencia, adecuada a la era moderna, que facilite un desarrollo no depredatorio.

           Según el mismo Ruckelshaus, el desarrollo de una nueva conciencia requiere una gran innovación en los patrones de conducta. E insiste en que, por su profundidad, dicha revolución deberá ser similar a la ocurrida durante la última etapa del neolítico o durante la primer revolución industrial.
En el mismo sentido, el análisis del filósofo mexicano Leopoldo Zea (1990: 17-18) es el siguiente:

Después de varios siglos, el hombre empieza a tomar conciencia de los peligros que amenazan su existencia en relación con su trato con la naturaleza. Una larga historia del hombre en la que éste ha olvidado la ineludible relación que guarda como hombre con el entorno natural del cual es también parte. Los peligros están ya trágicamente a la vista, morir por envenenamiento atmosférico, de hambre, calcinado congelado o ahogado. La naturaleza por el hombre manipulada se vuelve en su contra y le cobra la larga cuenta de expoliaciones. Pero el hombre ha olvidado que él es también naturaleza, que es una de sus criaturas y que por serlo tiene que arrastrar los cambios que en su afán expoliatorio ha originado. Su cuerpo, parte de esa naturaleza, sufrirá por las alteraciones de la misma.
El hombre es una de las criaturas de la naturaleza que sólo se diferencia de otras criaturas por su capacidad de abstraer, de tomar conciencia, reflexionar o razonar. La amenaza ecológica originada por este olvido hace ahora reflexionar al hombre sobre la necesidad de revisar la ineludible relación que guarda con el mundo natural del que es parte. Pero igualmente ineludible la necesidad de comunicar a otros hombres de estas experiencias para que juntos enfrenten lo que podría ser, si no el fin de la tierra, sí el fin de todos sus habitantes.

           Según la opinión dominante entre aquellos que se han dedicado a observar el problema y reflexionar sobre sus dimensiones, lo que está en juego es una completa reestructuración de la manera en que la cultura occidental ha concebido la relación entre la humanidad y el resto de la naturaleza. El imperio de nuestras actuales formas de comprender nuestras relaciones con el planeta, domina el mundo industrializado (Europa, sus antiguas colonias y sus posteriores zonas de influencia) desde hace más de cinco siglos, y su germinación llevó un tiempo aún más prolongado. Sin embargo, la percepción de las consecuencias negativas de esa percepción llegó tan tarde que, en medio siglo más, la capacidad destructiva de este sistema puede ser irreversible. Poco es el tiempo que resta comparado con los plazos que impone el ritmo actual de destrucción ambiental, por lo que es indispensable una profunda y casi instantánea modificación en las ideas.

           Lo peligroso es que nunca los cambios socio-culturales han sido tan rápidos. Vencer la inercia de viejos moldes culturales supondría, de un lado, la aparición de potentes movimientos sociales dispuestos a experimentar los mil caminos de esa reconversión; y, de otro, la aparición, desde la ciencia, de un movimiento potente de pensamiento tendiente a apresurar esa reconversión, lo que supondría una radical redistribución de los esfuerzos, impulsando el uso de tecnologías limpias pero, sobre todo, privilegiando estudios socio- culturales que permitan reconocer las fuentes de las mayores resistencias al cambio en todos los contextos sociales. Pero esta no es la actual distribución de prioridades.
           Repito que, en estos treinta últimos años, lo dominante ha sido encarar la lucha contra la destrucción ambiental como un problema casi exclusivamente técnico para las empresas y de educación sobre el uso de desperdicios entre las comunidades, ignorando que una transformación de ese tipo escapa totalmente a la exclusiva esfera de los especialistas y de la modificación de ciertas conductas aisladas.
           Tomo como ejemplo el caso de la ciencia. El desarrollo del pensamiento científico y tecnológico no está determinado únicamente por las necesidades de su propia lógica. Por el contrario, principalmente lo está por las prioridades institucionales (sea de los gobiernos o de las empresas) así como por los valores culturalmente dominantes. Si bien, en todo contexto, los profetas solitarios son un elemento importante en la producción de cambios. Y si bien muchos ecologistas proféticos han desarrollado hasta ahora una tarea encomiable a pesar de actuar como franco tiradores. Esos augures, ligados a sus solas fuerzas, no tendrán éxito en el logro de una rápida generalización de los cambios culturales. Para que ello ocurra, las iniciativas tendientes al cambio deben provenir desde los ángulos más variados. Deben ser núcleos de la sociedad cada vez más amplios los que interioricen los nuevos valores. Será esa interiorización lo que permitirá que, los que están convencidos, tengan los medios que les permitan actuar de acuerdo a sus convicciones sin apartarse de los usos y costumbres del núcleo social al que pertenecen. Si eso no ocurriera, la diversas formas del control social actuarán disuadiendo las conductas ecológicamente sanas3: poniendo a los convencidos ante la opción de adaptarse a las exigencias del entorno (y de esa manera traicionar las propias convicciones) o rechazar la norma y sufrir las sanciones morales que normalmente caen sobre los inadaptados.

           Ambas opciones son indeseables. La primera porque significaría un retroceso y la segunda porque, aunque es a veces inevitable, crearía un conjunto de ambientalistas culturalmente desterrados que serían impotentes para hacer que sus conocimientos incidan en el logro de un cambio rápido en las costumbres sociales y en la producción de nuevos conocimientos. Si el cambio socio-cultural no se generalisa, la mayor parte de los técnicos y científicos ambientalistas, como cualquier ser humano, se verán obligados, pese a sus intenciones en contra, a compartir las mismas conductas ambientalmente destructivas que el resto de la población. Para confirmarlo, veamos por ejemplo las confesiones de un Roger Mauvois (1980: 29), un geólogo que ha tomado conciencia de la necesidad del cambio cultural y escrito un artículo sumamente interesante llamado “Escenarios de la relación hombre naturaleza”. Allí Mauvois dice:

En cada uno de nosotros impera a la vez la identidad hombre-naturaleza y el enfrentamiento de las fuerzas que se oponen a ésta. En este escenario, el geólogo es uno de los primeros involucrados. Por caminar el mundo en sus alejadas intimidades, sabe como nadie de esta identidad; conoce las veredas del mundo, descubre sus santuarios, canta su belleza y grandeza. Pero más que cualquier otro lo hace con la mirada fija en sus recursos, los del subsuelo, importándole poco que éstos en su mayoría sean por esencia no renovables. El geólogo ayuda en forma determinante al saqueo y/o uso irracional de recursos que concentran, a niveles altamente peligrosos para la humanidad, energía fósil o nuclear y los elementos de alto riesgo para la vida, como los metales pesados o radioactivos. En este escenario individual donde la carga de enajenaciones lleva a la tremenda contradicción de ser uno mismo recurso natural del hombre, no se trata de culpar.

           Y así como los técnicos y científicos aislados serían impotentes, tampoco ese cambio puede ser el efecto de la exclusiva acción de líderes políticos o de una elite gubernamental bien inspirada que la imponga o la proponga mediante medios normales de difusión. Esa posibilidad traería consigo las conocidas desgracias que acompañan a todo gobierno autoritario; y, al mismo tiempo, su capacidad de influencia sería a la larga sólouna ficción, siendo el autoritarismo esencialmente impotente para impulsar un cambio cultural profundo. Son muchas las experiencias que demuestran que las revoluciones jacobinas, forzadas por elites políticas o tecnocráticas, tienden a culminar en desastres. Como lo recuerdan la actuación del Jacobinismo, durante la revolución francesa (Furet, 1980) o las consecuencias indeseadas de las revoluciones llevadas a cabo en los países del Este Europeo. Por eso, más que una intervención autoritaria de una elite, la rapidez y globalidad de los cambios requeridos hace necesaria una gran participación ciudadana y la invención de nuevos sistemas de difusión y experimentación.
           Habida cuenta de esas experiencias es indispensable aceptar que la revolución ecologista debe ser el producto de una extensa reestructuración de las conciencias individuales. Reestructuración que haga posible la emergencia de múltiples esfuerzos ecológicamente bien orientados y capaces de ser articulados en el marco de las instituciones democráticas 4. Es en ese contexto que reaparece la responsabilidad y relevancia, por mucho tiempo eclipsada, de los científicos sociales.
           Para que sea posible un cambio de conductas en un tiempo tan limitado, la primera condición es un reconocimiento colectivo sobre los reales peligros que afectan al planeta. Pero esa convicción generalizada, si bien es una condición indispensable, no es una condición suficiente. La experiencia histórica y la investigación social han demostrado que las acciones colectivas no han surgido de una exclusiva certidumbre universal sobre la necesidad de un trastrueque. Por el contrario, para que los individuos se conviertan en activos generadores del cambio, siempre ha sido necesaria la confluencia de al menos otros dos factores: a) que el logro del bien colectivo pueda identificarse, y ser vivido, como compatible con el logro de un inmediato beneficio individual (Olson, 1968; Pizzorno, 1985) y b) que los nuevos valores funcionen como operadores de nuevas formas de conducta. Debido a eso, la meta es ir logrando una mentalidad colectiva en la que el problema ecológico global sea pensable, al mismo tiempo, como un problema colectivo y como un inmediato problema individual. Esto hace que, al menos en dos grandes rubros, sea urgente y valiosa la participación de las ciencias sociales. Ella debe darse, por un lado, en la investigación de los patrones socio-culturales que hacen difícil el cambio y, por otro, en el diseño de estrategias capaces de ir acompañando el proceso de crisis y reconversión de los patrones socio-culturales de tal manera que los mismos no se limiten a un reconocimiento público que luego es burlado en las prácticas individuales. El presente ensayo es una aplicación de esa convicción a Puerto Rico.
           En Puerto Rico, la lucha contra los efectos del daño ambiental lleva más de veinticinco años. Al calor de esas luchas, se han desarrollado líderes y organizaciones ambientalistas de gran compromiso.            Sin embargo, esa movilización no se ha propagado sin contradicciones y debilidades que pueden amenazar su posterior crecimiento. Mi pretensión es poner en discusión dos de esas dificultades.
           La primera tiene que ver con la manera extremadamente fragmentaria en que se ha ido construyendo el movimiento ambientalista y la forma estrecha en que se han delimitado, hasta ahora, sus objetivos. Existen, indudablemente, líderes que han tratado de mostrar el carácter global de la cuestión ambiental: su íntima relación con otros problemas económicos y sociales y la necesaria globalidad de la acción ambientalista. Pero la mayoría de los militantes ambientalistas sigue teniendo un concepto demasiado inmediatista e individualista del proceso de cambio cultural. Muchos de ellos, herederos de la tradición marxista y sus fracasos 6 o de las tendencias teológicas progresistas de los ‘60 y ‘70, han conservado de ésta la concepción esencialista (mediante la que se supone que todo lo popular es naturalmente bueno y sabio), rechazando fervientemente, en cambio, todo esbozo de política partidaria o de cualquier otra forma de organización permanente que trascienda los límites de la comunidad. Otros, habiendo surgido de las luchas comunitarias, se apegan a esa forma de lucha, que es la única que conocen, y rechazan o subestiman formas más globales de intervención. y en todos los casos, la vieja enfermedad del sectarismo y la falta de criterios plurales hacen difícil la gestión unitaria. Como complemento, en el liderato de los tres partidos políticos, la cuestión ambiental —cuando es entendida– se ve reducida a algunos de sus efectos más visibles e inmediatos, como la contaminación y los desperdicios. Desde esa perspectiva, tales partidos ponen en sus agendas la cuestión ambiental como un problema más, junto a la corrupción, la violencia, el desempleo, etc.; y no como una manera de entender el desarrollo económico y social en su conjunto; esto es, como una dimensión presente en todas las cuestiones socio-económicas relevantes.

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el texto completo :

::: A / MAR / NOS :::

Movimiento Ambientalista y Hegemonia en Puerto Rico

por Homero R. Saltalamacchia

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