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TABLA
DE CONTENIDOS
INTRODUCCIÓN
EL FUTURO SEGÚN DANIEL BELL
PERO EL MIEDO CONTINÚA
LOS VENTARRONES DE UNA NUEVA ÉPOCA
LAS TEORIZACIONES SOBRE LA MARGINALIDAD
¿QUIÉN LE TEME A LOS MARGINALES?
LAS PRÁCTICAS DE REFUGIO
LA DELINCUENCIA COMO REFUGIO
CONCLUSIÓN
BIBLIOGRAFÍA
INTRODUCCIÓN
Las
sociedades, siempre han bordado el espacio; convirtiéndolo en
una dimensión de si mismas, en la que van dejando rastros de
todas aquellas formas de diferenciación, conflicto y rearticulación
que las han ido construyendo 2. De allí
que metáforas espaciales como “centro/periferia”
y “marginalidad” pudieron ser fórmulas claves para
denunciar las relaciones de poder y explotación existente entre
países y en el interior de cada país: en ambas, el poder
fue representado como una relación entre un eje y sus diferentes
y escalonados suburbios.
Hoy
se sigue recurriendo a ese tipo de metáforas para referir a las
relaciones entre países diferentes. Pero, ahora, su peculiaridad
es que, más que revelar, ocultan toda referencia a relaciones
jerárquicas. De esa forma, las metamorfosis y desplazamientos
de poder ocurridos en la geopolítica mundial son aludidas mediante
el eufemismo “norte/sur”, en el que las diferencias solo
aparecen referidas al lugar que los países ocupan en la cruz
que orienta a los navegantes.
El
cambio no es arbitrario ni inexplicable: descubre el notable repliegue
de los intelectuales; que mayoritariamente evitan toda postura que los
identifique con el frontal enfrentamiento a las principales formas de
concentración del poder en el mundo, que era moda en las décadas
de los sesenta y setenta. De hecho, esta nueva metáfora sigue
aludiendo a las crecientes desigualdades sociales. Pero, suaviza sus
alusiones detrás un velo en el que se combina la aparente determinación
geográfica con la ausencia de manifiestas denuncias sobre el
desequilibrio de poderes en lo internacional y en lo interno. Sin embargo,
la brecha que separa a los países más ricos de los más
pobres se ha incrementado, notablemente, en la última década.
En toda América Central y del Sur, por ejemplo, (para aludir
solo a la región que en este trabajo habrá de interesarme),
la pobreza y la trasnacionalización se han ido convirtiendo en
rasgos aún más traumáticos que los denunciados
por los intelectuales latinoamericanos en la década del sesenta;
y ellos son actualmente tan graves que han llegado a despojar de contenido
real mucho de lo que se lograra con la democratización de los
gobiernos. En la mayoría de los casos, se ha reemplazado el autoritarismo
político por la desembozada dictadura del dinero y en todos los
países, cada vez hay menos estratos sociales que ocupen el espacio,
antes relativamente amplio y diverso, que separa los polos de la pobreza
y la riqueza. Ante esa situación, ni los intelectuales ni los
militantes políticos hemos sido capaces, hasta ahora, de emprender
una investigación que contribuya a la invención social
de respuestas a lo que parece ser una ofensiva aplastante y sin alternativas
en contra de las conquistas sociales y políticas logradas durante
todo el siglo.
Para
llegar a esa impotencia, desorientación y hasta desinterés
de la intelectualidad progresista, confluyeron varios factores. Los
más impactantes fueron las derrotas de los movimientos populares
y la crisis final de los regímenes burocráticos de Asia
y Europa Oriental. Ambos acontecimientos dieron por tierra con las perspectivas
hasta entonces dominantes; impulsando, en cambio, una reconsideración
absolutamente novedosa (dado que los anacronismos son una forma de novedad)
de las ventajas de la economía de mercado y de los gobiernos
liberales3. La carga de antiguas frustraciones
impide hoy retomar las críticas a los costados deficientes de
un liberalismo que ya había sido puesto en cuestión hace
más de un siglo; y también impide pensar, con independencia,
posibles alternativas a la nueva situación. Por eso, independientemente
de los indudables beneficios de la revisión emprendida sobre
los aspectos benéficos de la tradición liberal, una de
sus debilidades ha sido la falta de reflexión y generación
de alternativas contra la creciente barbarización de las relaciones
sociales ocurridas en los últimos años; barbarie cuyos
principales signos se muestran en el brutal desequilibrio de las relaciones
entre las grandes potencias y el resto de los países, la apremiante
crisis del ecosistema mundial, el crecimiento de la pobreza extrema
que lleva a la masiva salida de estos sectores del contexto regular
de la sociedad, las migraciones masivas 4,
los renovados enfrentamientos étnicos, el incremento de la violencia
y la delincuencia, la expansión de los fundamentalismos y la
impotencia y desmoronamiento de las organizaciones populares.
Lo notable es que esa barbarización
(en el contexto de una globalización que lleva a una progresiva,
estrecha e ineludible interacción entre los componentes de la
sociedad) no produce beneficiados y perjudicados: pues la miseria de
unos se va convirtiendo en el fundamento del miedo ineludible y de la
perdida de valores civilizados en el otro extremo. Pese a todo, la crítica
a las consecuencias devastadoras de esta revolución mundial no
son criticadas: la casi totalidad de las investigaciones o los ensayos
se contentan con describir, presentar algunas preocupaciones, alentar
algunas soluciones parciales o incitar al optimismo de largo plazo.
Ni siquiera las evidentísimas consecuencias más nefastas
de los procesos globalizadores actuales (tal como son impulsados por
las grandes corporaciones transnacionales, los organismos financieros
internacionales y las élites políticas mundiales más
insensibles frente a la dualización de las sociedades) merecen
una constante y responsable actividad crítica por parte de los
académicos o los productores de opinión pública:
por el contrario, casi siempre se ve esa revolución como un proceso
inevitable y de grandes beneficios para la humanidad. Parece que todo
se repite. Consecuentes con un determinismo tecnológico parecido
a la peor especie del marxismo vulgar, los ideólogos de moda
hablan de las transformaciones tecnológicas como causa exclusiva
de estos cambios; y sin casi mencionar la pobreza de las naciones y
de sus súbditos, no paran de señalar el progreso de los
países, tomando como indicador privilegiado el ritmo con que
se negocian los papeles en sus respectivas bolsas. Dados esos criterios,
señalan que esas innovaciones son indispensables e inevitables,
proclaman la necesaria y benéfica adaptación, a las mismas,
de todos los miembros de la sociedad; e invalidan así la posibilidad,
y hasta la legitimidad, de pensar y luchar por modelos de desarrollo
que utilicen de otra manera esos adelantos tecnológicos y contrarresten
la actual barbarización de las relaciones sociales
5.
EL FUTURO SEGÚN DANIEL BELL
Ante
la perspectiva de como será el mundo en el siglo XXI, Daniel
Bell, advirtiendo las dificultades con que se enfrenta cualquier intento
de hacer predicciones exactas, ha sido uno de los que más se
ha animado a hipotetizar sobre el futuro. Bell cree que existen, y se
pueden identificar, marcos estructurales básicos que están
surgiendo y que formarán la matriz que, en un futuro muy próximo,
organizarán la vida de las personas. Detectándolos, Daniel
Bell (1988) se propone delinear algunas hipótesis que alerten
a los gobernantes, y a la población en general, sobre las dificultades
que, en un futuro muy próximo, habrán de enfrentar las
principales potencias.
Para ejemplificar esos cambios en los marcos estructurales básicos,
recuerda que, en el pasado, un marco obvio en la regulación de
las conductas fue el cambio que llevó a Estados Unidos a pasar
de ser una sociedad agraria a ser una sociedad industrial: hoy, dice,
menos del 4% de la fuerza laboral trabaja en granjas. Y la razón
fundamental del cambio fue el enorme incremento en la productividad
agrícola desatado durante la segunda guerra mundial y después,
con la introducción de fertilizantes químicos y plaguicidas.
Como resultado, unos 25 millones de personas abandonaron las granjas.
La aparcería fue prácticamente abandonada, y los negros
se desplazaron al norte, a las ciudades centrales. Recordando esos cambios
puede verse, según este autor, cómo ciertos saltos tecnológicos
provocan un proceso social de cambios eslabonados.
En
el sistema internacional actual, la cuestión más importante
es si, para el año 2013, la cuenca del pacífico será
el centro del poderío económico. De ser así, las
naciones del este de Asia, encabezadas por Japón y China, los
países del sudeste asiático y los Estados Unidos y la
Unión Soviética serán los principales actores económicos
del mundo. Ese es uno de los cambios esperables, dado que actualmente,
la gran expansión en el comercio de Estado Unidos de América
es con los países de la zona del pacífico.
Otro
cambio importante ocurre en las actuales formas de división del
trabajo. Sobre este aspecto de la cuestión, el autor afirma que
la vieja división del trabajo, que moldeó la economía
mundial en los últimos decenios, está desapareciendo y
no ha surgido una pauta clara y única que la reemplace. La manufactura
industrial básica de bienes estandarizados de producción
en masa está siendo “sacada” del mundo occidental
y ubicada en el este de Asia y en menor medida, en Brasil y la región
México-caribeña. Los Estados Unidos y Japón han
pasado a ser sociedades postindustriales; por lo que las partes predominantes
de sus economías son los sectores de servicios y alta tecnología.
El núcleo de la sociedad postindustrial reside en sus servicios
profesionales y técnicos. En la nueva manufactura, la proporción
de materias primas disminuye en forma sostenida como porcentaje de costos.
Junto
a esas transformaciones en la división del trabajo ocurren otras
en el sistema monetario internacional: los Estados Unidos se han convertido
en la sede económica de grandes partes del mundo y Londres un
nódulo de servicios financieros. Lo constante es la internacionalización
del capital; un estado de cosas simbolizado por la vasta acumulación
de eurodólares que no están sujetos al reglamento financiero
de los Estados Unidos de América. Para adecuarse a esas circunstancias,
tendrán que surgir sistemas monetarios nuevos, que constituyan
la columna vertebral de la nueva economía internacional.
Por último, en el campo de
la tecnología Bell prevé la consolidación de cambios
de gran envergadura:
"Para el 2013 habrá madurado la tercera revolución
tecnológica; la unión de las computadoras y las telecomunicaciones
(televisión interactiva, audio telefónico, computadoras
para la informática, facsímiles de textos) en un sistema
único pero diferenciado, el de la 'nación cableada' e
incluso de la 'sociedad mundial'.
Y agrega:
Esta revolución
resultará en la eliminación de la geografía como
variable controladora. Para ilustrar esto, considérese la naturaleza
cambiante de los mercados. Históricamente, el mercado fue el
primer lugar donde los caminos y los ríos se cruzaban, donde
los comerciantes y las caravanas hacían un alto en su recorrido,
donde los agricultores llevaban sus productos y los artesanos sus habilidades.
Esta nueva economía ya no es así.
Actualmente el mercado está en todas partes. Es una red de télex-radio-computadora
que vincula a los industriales, financieros y comerciantes de todo el
mundo y es capaz de desviar a los barcos que están en altamar
a sus nuevos destinos. Cada día se desliga más el trabajo
en un lugar y las operaciones de sus oficinas generales: los mercados
no son ya lugares sino redes electrónicas.
Antes esos cambios, Bell prevé dos grandes dificultades: una
de ellas radica en las formas que cobra la institucionalización
estatal en el contexto de la globalización, y la otra, en el
intenso crecimiento demográfico y las constantes migraciones
que producen los desequilibrios de las riquezas entre las naciones.
De acuerdo a lo dicho, se puede percibir que, hoy, lo que predomina
es una economía internacional fuertemente interdependiente; mientras
que las instituciones que regulan esa interdependencia son muy débiles.
A su vez, pese a que la economía internacional se halla cada
día más integrada, muchos estados se están fragmentando.
Y esto obedece a dos problemas. Por un lado, el estado-nación
se está volviendo demasiado pequeño y no tiene capacidad
para regular e intervenir eficazmente en los grandes problemas de la
vida en sus sociedades y, al mismo tiempo, es demasiado grande para
intervenir y resolver eficazmente los pequeños problemas de la
vida cotidiana de sus poblaciones 6.
Según
Bell, en esas divergencias se ubica la primera bomba de tiempo que amenaza
el mundo del futuro. La segunda “bomba de tiempo” que anuncia
proviene de la evolución demográfica del planeta.
La población mundial asciende hoy a unos 5.000 millones de personas
y según todas las proyecciones puede duplicarse en 40 años.
Pero esa no es la principal bomba de tiempo: lo que será difícilmente
manejable es la brecha cada vez más amplia entre los grupos de
edad, que se produce en diferentes partes del mundo. En toda África,
los jóvenes menores de 15 años de edad, constituyen entre
el 40 y el 50% de la población y, en casi toda América
Latina, los jóvenes representan cerca del 40% de la población.
Según el autor comentado, estos desequilibrios de la población
significan que, en los próximos 20 años, veremos que el
mundo es arrasado por oleadas demográficas que producirán
efectos poco controlables.
Sin
embargo, el balance entre los logros y los peligros parece muy positivo
y la imaginación del autor se mantiene optimista. Por otra parte,
y esto es lo que me interesa destacar de ese trabajo, entre los peligros
anunciados por Bell no figura para nada ni la barbarización de
las relaciones sociales ni el consecuente incremento de la violencia
en la vida cotidiana.
PERO
EL MIEDO CONTINÚA
Si
todo fuera tan bello, hubiésemos llegado, al fin, a la envidiable
situación de descansar, dedicados a la contemplación de
lo bello, a la agradable práctica del dolce far niénte
o a la desinteresada investigación sobre las causas últimas.
En todo caso, nuestra principal preocupación sería la
de resolver los problemas producidos por el incremento de la población
o por las diferencias entre los grupos de edad; y la creación
de alguna forma de control estatal mundial de la circulación
del capital en ese espacio. Sin embargo, para desgracia de todos, el
entusiasmo por las novedades tecnológicas no impide (o, al menos:
a algunos, no nos impide), ver cómo, en las ciudades que habitamos,
las ventanas se llenas de rejas siempre insuficientes, o sentir que
los seguros puestos en nuestros automóviles son insuficientes
ante el peligro de los robos, o añorar nuestras posibilidades
de gozar de lugares de diversión sin requerir que permanezcan
día y noche resguardados por ejércitos de guardias fuertemente
armados, o temer la acción impune de las mafias que cooptan a
los propios encargados de nuestra seguridad. Tampoco impide que, al
viajar en horas de la noche, odiemos esa necesidad imperiosa de cruzar
en rojo los semáforos, por miedo a detenernos y ser atacados
por algún asaltante solitario; o que leamos (no sin exhalar una
ritual e impotente muestra de indignación o preocupación)
los titulares que proclaman el crecimiento anual de la criminalidad;
o que, en algún momento, los más viejos, sin darnos cuenta,
recordando las casas sin puertas cerradas de nuestras infancias, sintamos
una honda y sorda desesperación frente a las condiciones en que
nuestros hijos y nietos vivirán en este futuro que ha comenzado
no sabemos muy bien en que años pasados.
¿Pena de muerte?, ¿mano dura contra el crimen?, ¿guerra?7,
¿serán esos los paliativos frente a la violencia?, ¿es
cierto que el crimen es el efecto simple de la falta de ley o de una
mayor autoridad y disposición presupuestaria concentrada en los
organismos represivos?, ¿podremos alguna vez reunir a todas esas
malas almas que nacieron con vocación para el crimen y cremarlas
en una nueva cámara de gas; o, al menos, dándoles la ventaja
de una defensa legal, podremos pasar a todos y cada uno por la silla
eléctrica o la cámara de gas?, ¿podremos hacerlo
sin que eso signifique un incremento en el gasto estatal y su correspondiente
reflejo en nuestro gasto impositivo?, ¿estaremos seguros de que,
una vez muertos todos los actuales criminales, no nacerán otros;
y al fin podremos descansar sin crímenes, volviendo a gozar de
la tibia tranquilidad de una ciudad sin violencia?, ¿podremos
matarlos, o promover que los maten, sin convertirnos en asesinos?, ¿podremos
dejar que sigan viviendo, como hasta hoy, sin que nos invada el terror
cotidiano ante un posible ataque?
 |
En
el contexto de esas preguntas no resueltas, el objeto de este trabajo
es presentar los resultados de una investigación exploratoria
en torno a uno de los efectos de esa revolución mundial:
la violencia urbana (íntimamente relacionada con el negocio
de las drogas). |
Me
basaré en el análisis de una veintena de testimonios de
jóvenes habitantes de “caseríos” y de entrevistas
en profundidad hechas a psicólogos o trabajadores sociales que
trabajan con ellos, como también en la lectura de periódicos,
documentos de organizaciones civiles y religiosas y en la observación
de los noti-cieros televisivos. Apoyado en esas experiencias, lo que
pretendo es pensar el crecimiento de algunas de las formas que conducen
a la renovada violencia e intolerancia urbana; que aparece como una
expresión sintomática de un síndrome de barbarización
creciente, por el cual todos hemos comenzado a perder importantes conquistas
de la vida civilizada. Al mismo tiempo, al poner en discusión
algunas de las propiedades actuales de esas prácticas, me propongo
discutir la respuesta a algunas preguntas que a cualquier se le ocurren
al escuchar el debate contemporáneo; todas ellas ligadas a la
posibilidad o ilusión de una gobernabilidad pluralista: ¿es
cierto que la mejor solución a la violencia urbana radica en
el incremento de la capacidad represiva del estado nacional o de las
fuerzas policiales internacionales dirigidas desde las grandes potencias?,
¿es cierto que podemos soñar con la democracia –aún
en una versión desleída en la que se permita a la población
alguna capacidad de influencia mediante el voto— sin que esos
sueños deban empañarse debido a la creciente vocación
ciudadana y gubernamental hacia el fortalecimiento del aparato represivo
como forma de instrumentar “la mano dura contra el crimen”
y la supresión de algunos derechos civiles?
Se
ha puesto de moda promulgar la necesidad de participar y hacerse cargo
de la propia suerte frente a un estado benefactor que ha probado su
quiebra como solución ante las desigualdades y como fuente de
legitimación; pero ¿qué participación puede
esperarse de una población que ha perdido vínculos culturales
con el resto de la sociedad gracias a su expulsión de toda forma
legítima de existencia junto a la ya multi generacional imposibilidad
de ganar la vida decorosamente mediante el trabajo?
 |
En
este artículo se presentarán informaciones y razonamientos
que parecen extender un velo de dudas sobre esas alternativas.
Para ello,
se mostrarán algunas evidencias que parecen negar que una
solución a la violencia urbana radique en más prohibiciones
y persecuciones (por ejemplo: en la intensificación de
las penas o en la disminución de la edad en que los adolescentes
pueden ser tratados judicialmente como adultos o en el incremento
del poder policial y militar) y mucho menos en la disminución
de los derechos civiles, que nos pondría definitivamente,
a todos, bajo el poder discrecional de las burocracias represivas.
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Negadas
o cuestionadas las esperanzas depositadas en la redención de
un nuevo mundo, emergente desde las promisorias ruinas del muro de Berlín,
la tarea de los intelectuales deberá recobrar el carácter
de búsqueda que mantenga su capacidad de autonomía en
relación con aquellos que, por su concentración en la
tarea de gobernar, poco pueden hacer para visualizar los riesgos de
sus propias acciones.
LOS VENTARRONES DE UNA NUEVA ÉPOCA
En
los últimos veinte años el mundo ha cambiado radicalmente.
Con
el nacimiento de las micro computadoras, el desarrollo de los sistemas
mundiales de comunicación mediante fibra de vidrio y satélites,
la automatización de los procesos industriales, comerciales,
financieros y de servicios, ha sido posible, desde los setenta, un nuevo
modelo en la acumulación capitalista mundial; modelo que muestra
una inmensa capacidad revolucionadora, tanto de las formas de trabajo
como de las maneras de relación social. En la vida de todos,
la televisión e INTERNET nos acercan a culturas hasta hace poco
apenas conocidas y a tradiciones totalmente distintas, alterando las
propias nociones sobre el territorio y el espacio (Hiernaux, 1996, Finquelevich,
1996). Mientras que, en el plano de las relaciones económicas
y políticas, la globalización de la economía obliga
a pensar en mercados externos y en especializaciones regionales; al
tiempo que, gracias a esos mismos adelantos, las empresas logran romper
con la antigua organización del trabajo en grandes unidades de
producción masiva, limitándose, muchas de ellas, a reunir
procesos productivos que están dispersos en el espacio y que
ya no toman la forma de producción a cargo de asalariados. Poco
es lo que queda de las anteriores formas de producción y circulación
que no haya sido redefinido mediante su subordinación a la nueva
lógica que regula las relaciones en el interior y en el exterior
de los estados nacionales, haciendo, por otra parte, que también
esas fronteras adquieran nuevas características y funciones.
En
Latinoamérica, esta nueva etapa de la acumulación capitalista,
facilitada por la acción de regímenes autoritarios (civiles
o militares) que fueron eficaces en la destrucción de todas las
formas de oposición social surgidas de la sociedad civil, produjo
dos efectos de gran importancia para nuestro tema 8.
Por
citar solo algunas de esas novedades, podemos recordar la destrucción
o subordinación de las formaciones empresariales menos concentradas
(mano de obra intensivas) y la orquestación una contraofensiva
sumamente exitosa contra las organizaciones de trabajadores y contra
las principales normas reguladoras del estado de bienestar; con la consiguiente
disminución radical del poder de negociación de los trabajadores
en el mercado laboral. Dicha contraofensiva (obligada y/o estimulada,
por un lado, por la necesidad de competir con empresas, como las orientales,
cuyos trabajadores no gozaban de los beneficios y derechos de los occidentales,
y por otro, por la exigencia de explotar mercados sumamente heterogéneos
y cambiantes) consiguió acabar con la anterior homogeneidad de
la fuerza laboral, sus ámbitos espaciales de intercambio y organización
y sus sistemas de defensa; conduciendo a una crisis global de las anteriores
formas de organización y defensa sin que se hayan logrado establecer
otras que las reemplacen. Al mismo tiempo, varias otras tendencias,
no necesariamente del mismo origen ni congruente entre sí, también
contribuyeron a conformar las singulares características de esta
transición. Entre ellas puede citarse: a) el sabotaje y la oposición
sistemática de los cabilderos y representantes de las grandes
corporaciones hacia el control estatal de sus gestiones, b) las genuinas
dificultades en la recaudación fiscal (debido, entre otros factores,
a la incapacidad del estado de controlar la evasión fiscal de
las grandes corporaciones y a la alteración en el peso relativo
de las generaciones contribuyentes en relación con las generaciones
usuarias de la mayor parte de los servicios del estado de bienestar)
y c) la ineficiencia indudable de una maquinaria gubernamental compleja
e incontrolable. Estos y otros factores terminaron produciendo una crisis
definitiva en las estructuras típicas de ese estado de bienestar
9 —particularmente en el área
de la intervención estatal para el logro del pleno empleo y en
el área de las políticas de concertación obrero-patronales
10 (Campero, 1990; Castillo Ochoa, 1990; Varios
autores-a, 1990; Varios autores-b, 1990; Acuña, 1990; Sojo y
Franco, 1990; Garrido, 1990).
Por
su parte, la rápida expansión de diferentes formas de
trabajo por cuenta propia y la generalización de la subcontratación
y del salario individualizado, han hecho aún más difíciles
las búsquedas exitosas de nuevas formas de organización
y reivindicación colectiva; dejando, como recurso, un poco fructífero
péndulo entre las salidas individuales (aumentar la cantidad
de horas trabajadas y/o disminuir el precio del trabajo, etc.) y los
estallidos comunitarios salvajes, con el aderezo poco frecuente de movilizaciones
orquestadas desde un liderazgo sindical que no sabe como resguardar
sus pequeños resquicios de poder.
En
el mismo sentido, las políticas públicas y privadas de
represión, racionalización, despido y privatización
—ante las cuales las organizaciones sociales han sido impotentes–
han fragmentado y disuelto los antiguos nucleamientos y formas alternativas
de solidaridad en los sectores populares (Piore, 1986; Jessop, Jacobi
y Kastendiek, 1986; Montero, 1989; Berger, 1990; Offe, 1992).
Tal
como sintetiza Adolfo Gilly:
En
el terreno jurídico, la fragmentación se realiza transformando
los derechos sociales (educación, salud, vivienda) en servicios
pagados; es decir, convirtiendo a los derechos en objetos del mercado.
En el terreno social, individualizando esos derechos en relaciones contractuales
personalizadas, aislando a los individuos (no sólo a los trabajadores)
frente al capital y poniéndolos en situación de vivir
para competir, todo el tiempo, todos contra todos. La fragmentación
destruye los espacios de socialización del pensamiento: educación,
salud, trabajo, naturaleza y los convierte en cotos de las ambiciones
privadas (familiares e individuales).
La
fragmentación es, en este sentido, uno de los vehículos
predilectos de la barbarie del capitalismo reestructurado (1993:
5).
Sintetizando otros rasgos
de ese cuadro Petras (1990) enumera:
… la sustitución de capitalistas industriales nacionales
por financieros internacionales y especuladores inmobiliarios, de ingenieros
por consejeros de inversión, de obreros industriales fijos, bien
pagados y sindicados, por obreros de servicios eventuales, mal pagados
y por cuenta propia. Y, sobre todo, el enorme crecimiento, en el Norte
y en el Sur, en el Este y en el Oeste, del sector informal; un mosaico
social que va desde contratistas que dirigen talleres de explotación
mal pagados hasta un ejército de traficantes de droga, vendedores
y compradores. Todos operan sin regulación estatal, minando así
casi un siglo de legislación social referente a sanidad, condiciones
de trabajo, salarios mínimos, etcétera. La marginalidad
no es un fenómeno temporal del primer capitalismo ni una circunstancia
en declive: a escala mundial, la marginalidad está aumentando
con el crecimiento de economías pos-industriales, neoliberales,
que se extienden con la internacionalización del capital. Hacia
el año 2000, una mayoría de la fuerza de trabajo mundial
y más de un tercio en el mundo desarrollado estarán condenados
a papeles marginales en el sistema político, económico
y social.
Por
su parte, las instituciones del estado, liberadas de sus funciones de
bienestar social, han incrementado notablemente su papel en la gestión
administrativa y el control represivo de la sociedad. Función
en la que el control y la supervisión de la vida social ha mejorado
su eficacia mediante el uso de sistemas computarizados; que permiten
un amplio reconocimiento y control de las historias personales y de
las actividades cívicas de los ciudadanos. El estado complementa
su función liberalizante con políticas claramente dirigidas
a la “moralización” y subordinación de los
ciudadanos a las condiciones impuestas por las grandes empresas en el
mercado laboral, a la represión de toda forma de reacción
o al control de los efectos más perniciosos de las estrategias
de sobrevivencia que supongan alguna forma de violencia social 11.
Ese mayor control no ha conseguido, sin embargo, suprimir o disminuir
el impacto de las reacciones desesperadas de quienes han quedado fuera
de la cada vez más restringida sociabilidad legítima y
la violencia en todas sus formas invade las sociedades, introduciendo
el miedo como ingrediente cotidiano. La mano dura contra el crimen ha
pasado simplemente a ser un nuevo ingrediente de la violencia que arropa
nuestra vida cotidiana en lugar de ser, como lo predicaron sus impulsores,
el instrumento para su superación.
Esas políticas no son de pura inspiración nacional. Como
nunca, el monopolio del saber fortalece los poderes de los dirigentes
internacionales de la economía, la educación y los aparatos
bélicos, creando elites transnacionalizadas cuyas políticas
acompañan la profundizada brecha que separa a los países
desarrollados de los otros y, en el interior de cada país, a
las zonas más prosperas de aquellas en que los niveles de pobreza
apenas son menos agudos cuando la producción y/o venta de drogas
inyecta algún dinero en esas economías sin futuro. Por
su parte, y en una dirección que revela grandes trazas de coincidencia,
la Organización de las Naciones Unidas y las alianzas entre los
estados de las principales potencias (en el Fondo Monetario Internacional,
el Banco mundial, la Organización del Atlántico Norte,
etc.) pasan a formar parte de una decidida maniobra tendiente a disciplinar
cualquier vestigio de resistencia al nuevo orden.
Alguna forma de redemocratización o participación en el
poder local y mundial deberá inventarse. Pero, por ahora, a medida
en que el poder se ha ido desplazando a empresas y organizaciones transnacionales,
la capacidad ciudadana de hacer valer sus opiniones es más pequeña
que nunca. No porque no existan elecciones. Las hay y podrá seguir
habiéndolas. Pero la fragmentación, la manipulación
de los medios de información y la pérdida de importancia
de los parlamentos y los gobiernos, hacen de esas elecciones un medio
muy poco efectivo para que, con él, se agoten todas las formas
de participación 12. En ese desamparo,
y conviviendo cotidianamente con una violencia urbana cada vez más
rampante, las políticas de mano dura han cobrado un firme y poco
cuestionado consenso; que seguirá aumentando mientras el miedo
y la desorientación que lo provocan no cambien ¿Es esa
la salida frente a la dualización de las sociedades?, ¿quienes
son los principales actores de esa violencia?, ¿hasta donde esa
marginalidad los constituye en el Otro de una sociedad con la que ya
no comparten la misma posición frente a la ley que regula las
interacciones sociales?
Es innecesario utilizar demasiado tiempo describiendo cómo se
vive hoy la violencia en Puerto Rico. Las dos palabras que utilizara
en el párrafo anterior pueden sintetizar esos sentimientos: un
desconcierto y un miedo en los que se entremezcla el deseo de huir sin
saber para donde y el deseo de ser protegidos, sin detenerse a pensar
en quién nos protegerá del protector. Sin duda, la gravedad
de la situación explica por si sola esa reacción; pero
lo curioso y poco esperanzador es el reduccionismo con el que se juzga
el fenómeno. Los comentarios que florecen en cada reunión
que ocurra en alguna sala de espera (de médicos, abogados, peluqueros,
etc.), en reuniones entre profesores universitarios o en tertulias familiares,
refieren a seres malos, tragados por el vicio y mal aconsejados por
el bombardeo de sexo y violencia del periodismo amarillo de este país.
Lo curioso es cómo esos diagnósticos consiguen el efecto
de convertirnos, gracias a alguna que otra acción redentora,
en ángeles inmaculados; víctimas de quienes no merecen
la pena vivir.
De
esa forma, reduciendo toda explicación a la bondad o la maldad,
muchos de nosotros bien podemos, normal y santamente, alegrarnos por
la muerte de algún pillo en una esquina cualquiera: ya que ese
pillo ya no es un representante de la humanidad sino un execrable error
de la naturaleza o una demostración de que las fuerzas del mal
no han sido abatidas, su muerte es apenas una vindicación.
La séptima cumbre del Grupo de Río (G-Río) declaró,
hace tiempo, que los problemas más grandes de la América
Latina contemporánea son la marginalidad, el desempleo y la pobreza.
La Comisión Económica para América Latina y el
Caribe (CEPAL) hizo saber que en 1990, un 46 % de la población
latinoamericana estaba por debajo de la línea de pobreza —200
millones de pobres en la región. Por su parte, la Organización
Internacional del trabajo calificó la situación como “la
peor crisis global de empleo desde la Gran Depresión de los años
30” (Hartman, 1994) 13. La dualización
lleva ya muchos años y ha transformado drásticamente todas
las formas de relación social. En muchos países, como
claramente ocurre en Puerto Rico, ya nos estamos enfrentando con masivas
segundas y terceras generaciones que nunca han experimentado ni el trabajo
permanente ni los lazos de solidaridad que rompían, entre los
trabajadores, el efecto disgregador de las leyes del mercado. Y este
es, justamente, una de las informaciones que mejor pueden explicar los
fenómenos de marginación y reacción violenta desde
subculturas poco permeables al control estatal sobre las que trataré
en este trabajo.
Según
una ejemplar investigación hecha por Vásquez Calzada para
Puerto Rico, alrededor de un 30 % de población (con fluctuaciones
según los años) no trabaja; o al menos no lo hace en el
circuito legal. Y, como agravante, muchos de esos que hoy no trabajan
son hijos y nietos de personas que tampoco han trabajaron nunca o solo
lo hicieron esporádicamente, con lo que las habilidades y disciplinas
laborales se han ido perdiendo en forma difícilmente reversible
¿Hay responsabilidad individual en esa ausencia del mercado laboral?
Si la hay, es una responsabilidad secundaria. Pues no fueron esos habitantes
de Puerto Rico los que impusieron un modelo económico incapaz
de absorber toda la mano de obra y tampoco fueron ellos los que hicieron
(con el propósito de hacer de Puerto Rico la vitrina de América
o con cualquier otro propósito) que las ayudas sociales estuviesen
exentas de toda responsabilidad social que educase o reeducase al usuario
en el trabajo. Tampoco fueron ellos los que inventaron los caseríos.
Pero si, en cambio, fueron ellos los que debieron ir aprendiendo las
tramoyas que les permitiese orientarse y sacar el mayor partido de la
jungla burocrática desde la que llovía el codiciado maná.
Y también fueron ellos los que fueron acostumbrándose
a convivir con sus iguales en esos caseríos cuyas fronteras fueron
siempre estrictamente estigmatizadas por todos los restantes habitantes
urbanos. Como también debieron aprender a moverse en la guagua
aérea (que los lleva y trae desde Estados Unidos) como si ella
fuese una nueva ramificación de sus destinos.
Ese antecedente es el que no entra normalmente en los cálculos
de los dignos puertorriqueños que se sientan en el Capitolio
o en el de las agencias gubernamentales cuando se proponen discutir
la situación y/o hacer leyes sobre la violencia urbana. Con mentes
estrechamente abogadiles (muy lejana a toda buena inteligencia de lo
que es la práctica del derecho), olvidan que no es mediante leyes
que se transforman las sociedades; de allí que agoten su imaginación
pensando solamente en formas de represión adornadas con pequeños
programas asistenciales que cubren las apariencias, creando la falsa
imagen de que se están contemplando los aspectos sociales del
asunto. Lo que no pueden entender es que en los caseríos y barrios
pobres de Puerto Rico (lo mismo que ocurre en otros países) se
han ido consolidando singulares e intensas formas de sociabilidad y
de cultura que no comparten los valores y sentido de la vida en el que
se socializan los otros miem-bros de la sociedad. Dada esa novedad,
las fórmulas basadas en el incremento a la represión tienen
muy poca esperanza de solucionar el problema. No es con la violencia
y con la cárcel que se logrará amedrentarlos pues la violencia
y la cárcel se han ido convirtiendo en componentes naturales
de sus existencias. Es con esta información en mente que podremos
comenzar el viaje por los siguientes apartados de este trabajo.
LAS TEORIZACIONES SOBRE LA MARGINALIDAD
El
tema de la marginación de amplios sectores de la sociedad llamó
la atención de un gran número de investigadores y ensayistas
sobre todo desde fines de la década del cincuenta en adelante.
Más tarde, las críticas a las que fuera sometido el concepto
de marginalidad, y la atracción hacia nuevos temas, dejó
en penumbras un asunto que en esa época recién comenzaba
a mostrar algunas de las principales consecuencias de las transformaciones
sociales que hoy muestran sus formas más perfeccionadas. Vale
por ello la pena preludiar esta exposición haciendo un muy breve
repaso de esas teorizaciones, para luego enfocar en las singularidades
de lo que más adelante llamaré “prácticas
de refugio”, que constituyen una forma específica de reacción
de los marginales ante las actuales formas de organización y
relación que predominan en las sociedades contemporáneas.
El significante “marginalidad” ha sido asociado con significados
muy diversos y, en general, de contenido metafórico. Sin embargo,
pese a su imprecisión, en todos los casos ha servido para aludir
a, y pensar sobre, aspectos relevantes de la pobreza 14;
principalmente sobre sus orígenes y las estrategias de supervivencia
que le son propias.
Siguiendo a Solari, Franco y Jutkowitz (1976), las diversas corrientes
latinoamericanas que hicieron uso del concepto se pueden clasificar
de la siguiente manera:
a)
La concepción ecológica. En la que el
término marginalidad se refería a la ubicación
de viviendas pobres en los alrededores de las ciudades que se construían
vertiginosamente al compás de la industrialización posterior
a la Segunda Guerra Mundial 15. Situación,
sin embargo, que se repetía en los enclaves de pobreza situados
en el interior del espacio urbano, tales como “los conventillos,
cités, corralones” y toda otra forma de habitación
deteriorada en que se hacinan familias de escasos recursos, por lo que
el concepto debía incorporar centralmente connotaciones sociales
y no tanto, en cambio, connotaciones espaciales.
b) La concepción social. Buscando completar
la noción de marginalidad, se comenzó a hacer referencia
a las condiciones de trabajo y de vida de la población que residía
en esos enclaves de pobreza urbana. La marginalidad comenzó a
ser percibida también en otros aspectos relacionados con formas
de integración social tales como la participación sindical
y política. Se enfatizó repetidas veces en la falta total
de influencia de esos sectores en la toma de decisiones a cualquier
nivel.
c) La marginalidad como ciudadanía limitada.
En esta perspectiva, la marginalidad es entendida no sólo en
su aspecto urbano sino como limitación en un conjunto de derechos
civiles, políticos, económicos y sociales que corresponden
a todo miembro de la sociedad. Los grupos marginales serían,
de acuerdo con esta concepción, aquellos sectores de la sociedad
que sufren recortes más o menos importantes en sus derechos;
a consecuencia de lo cual se ven impedidos de participar en el proceso
de desarrollo económico; y no pueden, por consiguiente, aprovechar
las oportunidades de movilidad ascendente existentes en la sociedad.
Esta misma orientación se encuentra, en ocasiones, en trabajos
de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL)
para hacer referencia a la situación de las poblaciones marginales,
en especial rurales, que no participan de las instituciones propias
del estado - nación.
d)
La extensión del término al ámbito rural.
En este caso se indica la estrecha relación entre el desarrollo
de la marginalidad y las condiciones de vida rural. Enfatizándose
en que los marginales eran, por empezar, los habitantes del campo.
e) La concepción cultural. Asimismo, y a veces
como causa de su situación ecológica y social, se empezaron
a destacar ciertas características peculiares de esos grupos,
como la organización familiar, los valores, las actitudes, etc.,
tendientes a la formación de una subcultura que al mismo tiempo
producía formas típicas de identificación e incrementaba
las tendencias a la exclusión de las formas de relación
e interacción legítimas, predominantes en la sociedad.
En el plano socioeconómico, uno de los aportes de mayor influencia
en la teorización de los años sesenta, estuvo a cargo
de un grupo de investigadores, dirigidos por José Nun, que se
dio a la tarea de investigar el tema. Dicho grupo influenció
en las instituciones académicas tanto por la coherencia y originalidad
de sus posiciones como por su participación en una polémica
de alcance latinoamericano que permitió aclarar nuevos ángulos
del problema.
Uno
de los aportes más ricos de esa corriente fue el concepto “masa
marginal”, utilizado para denominar a un sector de la sociedad
que no es de ninguna manera incorporable al mercado de trabajo formal
(Nun, 1969). Vale la pena aclarar que, en este momento, el traer (y
reintroducir en la reflexión) el recuerdo de ese concepto es
adecuado pues, aunque el fenómeno se haya desarrollado por rutas
no totalmente previstas en aquella época, las tendencias actuales
de la acumulación capitalista han hecho crecer de manera vertiginosa
un sector con características muy similares a las incluidas en
esa conceptualización; al mismo tiempo que ha impulsado la aparición
e incorporación, al ciclo del capital, de modernas y antiguas
formas de trabajo por cuenta propia, como forma de incrementar el control
y la explotación de la fuerza laboral.
En aquella época, la participación en el debate de Fernando
E. Cardoso permitió sacar, a la investigación sobre la
marginalidad, de la exclusiva referencia a la lógica del modo
de producción capitalista en su forma pura. Criticando esa limitación,
Cardoso mostró la necesidad de incluir las particularidades del
crecimiento de las economías de los países latinoamericanos
en la explicación del origen de la marginalidad. Teniendo en
cuenta las singularidades latinoamericanas, Cardoso propuso pensar la
marginalidad como el resultado de un proceso de transformaciones socioeconómicas
siempre incompletas; que fueron desorganizando las estructuras tradicionales
(de trabajo y organización social) sin ser capaces de absorber,
en las nuevas estructuras, las capas de la población afectadas
por dicho proceso 16.
Combinando
ambas perspectivas, pueden encontrarse formas diversas de marginalidad
producidas tanto por el impacto capitalista en los modelos tradicionales
de producción como por la expulsión de la mano de obra,
que es efecto de la propia lógica de la acumulación capitalista.
Ya en esa época pudo verse que, en combinaciones diversas, ambos
procesos (de expansión de la economía informal y formación
de los sectores marginales) eran comunes a la mayor parte de los países
capitalistas, pero que se expresaban con particular intensidad en los
países de América Latina.
Tales
esquemas se aplican perfectamente al fenómeno en su forma actual.
Además de la aparición de lo que más adelante llamaré
“prácticas de refugio”, las principales novedades
en la marginalidad son, por un lado, una diversificación mucho
mayor de los sectores que pasan a esa situación (encontrándose
entre los componentes de la economía informal tanto trabajadores
semicalificados como profesionales universitarios de alta calificación)
y, por otro, la absoluta falta de aquella esperanza de futura integración
social que estaba presente en una buena parte de los teóricos
de la marginalidad en los años cincuenta y sesenta.
Desde la crisis de los setenta, un número creciente de grandes
empresas comenzó a reemplazar a sus antiguos empleados por trabajadores
cuenta propia; a los que contrataban en forma individual o agrupada
en pequeñas empresas. Disminuyeron de esa forma sus costos en
salarios, aportes al gobierno y beneficios marginales. Concurrentemente,
obtuvieron una mayor flexibilidad frente a las variaciones estacionales
en la demanda y lograron mejorar sus ventas, relacionándose con
mercados más restringidos y adecuándose a los gustos o
necesidades de consumidores más específicos y diferenciados.
Los avances en las comunicaciones y en las técnicas que facilitan
el control computarizado de la producción facilitaron, crecientemente,
la unión de trabajos territorialmente dispersos; lo que facilitó,
al mismo tiempo, el descentralizar la producción y disminuir
la planta de obreros permanentes, evadiendo la necesidad pagar beneficios
sociales y de negociar salarios y condiciones de trabajo con los sindicatos.
El resultado de esas estrategias en Puerto Rico puede verse claramente
cuando se observan las estadísticas de empleo del cuadro siguiente.

Como puede verse, ya en el año 1987, el total de varones ociosos
llegaba a más del 70 % en el grupo de 16 a 19 años y era
de más del 40 % en el grupo de edad de 20 a 24 años. Otros
datos indican que esa cifra ha ido aumentando en los últimos
diez años. Tenemos así un basto grupo de personas que
no tienen otra opción de subsistencia que la de desempeñar
alguna función en la economía informal.
Algo común a todos los estratos de la diversificada economía
informal es la ilegalidad de esas actividades. Sin embargo, esa ilegalidad
no encubre situaciones análogas. En algunos casos, la economía
informal está abiertamente integrada al ciclo de producción
y distribución considerados “legítimos”; mientras
que en otros, como en los casos de la economía de la droga o
de la venta de armas, se integra en aquel ciclo de un modo ilegal e
ilegítimo. En casi todos los casos, el alto grado de inseguridad
que genera esa ilegalidad o ilegitimidad fomenta la aparición
de las prácticas de refugio a las que antes me refiriera.
En estrecha ligazón con el tema de la economía informal,
la cuestión de los diversos estratos de población marginal
ha pasado a ser hoy un tema que preocupa a todos. En algunos casos la
preocupación es exclusivamente fiscal, pero en la mayoría
de los casos lo que predomina es el temor: ¿qué esperar
de ese incremento en la marginalidad?, ¿serán los marginales
el sector en el que se depositen nuevas formas de utopía social?,
¿pueden, los marginales, producirnos algún miedo o nuestra
relación con ellos es, o debe ser, la dictada por la caridad
cristiana?
¿QUIÉN LE TEME A LOS MARGINALES?
Como
se afirmara anteriormente en este trabajo y muchos han asegurado desde
hace mucho, la desorganización del estado de bienestar y el paulatino
regreso a formas de capitalismo salvaje son fuente de un intenso crecimiento
de la masa marginal. Esas masas marginales son expulsadas de los circuitos
legítimos de apropiación y generación de bienes
económicos y culturales e impulsadas a nuevas formas de nomadismo
que desorganizan sus antiguos lazos de solidaridad y las somete a choques
culturales (por migración a otros países o hacia otras
ciudades o hacia zonas urbanas) que producen en ellas tensiones difícilmente
superables. Esa doble acción genera enclaves urbanos claramente
diferenciados (callampas, villas miseria, caseríos, ciudades
perdidas, etc.), con interacciones en su interior y hacia el exterior
que dan origen a formas subculturales bien diferenciadas. Esa segregación
¿puede representar algún peligro para el resto de la sociedad?
En un trabajo muy interesante, Eugenio Tironi (1990) hace referencia
a las señales de alarma y esperanza 17
surgidas, en algunos países latinoamericanos, luego de varios
episodios de violencia provocados por sectores marginales. El autor
reconoce que en la mayor parte de los países de América
Latina, los gobiernos democráticos han tendido a completar, dentro
de un cuadro de legitimidad, la destrucción de muchas de las
principales formas populares de encuentro y solidaridad que se iniciara
durante los gobiernos autoritarios. Como respuesta, dice, se ha ido
produciendo un paulatino repliegue de esos sectores populares hacia
los grupos más primarios —familia, barrio, iglesias, pandillas
o una relación clientelística con caciques políticos18.
En algunos casos, desde esos nucleamientos se han producido estallidos
violentos que generaron, entre los observadores, las reacciones de temor
o esperanza antes indicadas. Esos estallidos violentos ocurrieron, en
particular, en Colombia19, Venezuela, Santiago
de Chile 20 y luego en la Argentina, Brasil
y México (Machado, 1991; Costa, 1991; Sheper, 1992; Cooper, 1992).
Comentando algunos de ellos, Tironi afirma que ellas han provocado que:
...algunas corrientes políticas atribuyan a estos grupos
una capacidad salvacionista o emancipadora mientras otras los perciben
como una amenaza para el orden social que habría que extirpar
tarde o temprano (1990: 179).
Tironi
rechaza esas dos hipótesis. Según él:
Estas dos interpretaciones
opuestas están basadas, sin embargo, en una misma sociología
de la pobreza, según la cual ella estimula una actitud de frustración,
y ésta a su vez instiga el radicalismo o la predisposición
a la violencia colectiva (1990:179).
El argumento central del libro es que tal “sociología de
la pobreza” no tiene soporte empírico. Por el contrario,
lejos de verse la posibilidad de una reacción violenta y bien
organizada, lo esperable de esos sectores es un proceso constante de
reacomodamiento; intentando sobrevivir en las condiciones difíciles
que son las propias de su posición en la formación social.
El
autor desarrolla esta tesis en los párrafos siguientes:
Según los resultados
de nuestro estudio, la pobreza parece inducir en los individuos una
actitud de adaptación individual y resignación, no una
orientación hacia la violencia, lo que se opone frontalmente
al paradigma comentado más arriba. Esta conclusión no
es muy original, pues numerosos autores han destacado la “ética
individualista” de los marginales latinoamericanos, que buscan
la promoción social no a través del progreso colectivo,
sino en el estilo clásico de los inmigrantes y de las clases
medias (Portes, 1974). Por otra parte, una amplia literatura se ha encargado
de subrayar la desintegración interna y la atomización
de los grupos marginales, así como la existencia de una “cultura
de la pobreza” en donde predominan los sentimientos de desamparo,
dependencia, inferioridad y resignación (Lewis 1975; Vekemans
& Venegas 1966; DESAL 1970; Martín-Baró 1987).
Lo que hasta ahora se ha destacado poco, sin embargo, es la relación
que existe entre esa actitud conformista o “individualista”
y la actitud de resignación. Tal como se ha mostrado empíricamente
más arriba, en esa relación parece estar la clave de los
efectos psicosociales de la condición de pobreza, por lo menos
allí donde ésta se ha mantenido o intensificado por medios
autoritarios. En el caso de los pobladores chilenos, por ejemplo, el
factor que ha intervenido para transformar la actitud de adaptación
propia de la pobreza en apatía o resignación ha sido la
coerción generada por un Estado autoritario. En otras palabras,
cuando a la pobreza se le suma la presencia de un régimen político
autoritario, se produce una situación insatisfactoria que se
prolonga en el tiempo y respecto de la cual parece que no se puede hacer
nada; esto termina por inhibir la capacidad del individuo para resistir,
reducir o incluso identificar las causas de la frustración
(1990: 198).
No
hay pues razón para la esperanza ni para el temor de que esos
sectores produzcan una actividad revolucionaria que ponga en peligro
el sistema actual.
Según Tironi, esos nuevos nucleamientos están lejos de
articular sistemas de representación de los grupos marginados
en el seno del estado. Por el contrario, Tironi piensa que tales nucleamientos
son sociabilidades que ocupan el lugar de aquellas organizaciones que
antes articulaban los intereses y unificaban las ideologías globales,
pero que hoy lo hacen fragmentándolas y reduciendo el alcance
de sus respectivas esferas de influencia a grupos muy pequeños.
Esto
creo que es cierto. Y también es cierto que tal retracción,
a lo privado y a lo cercano, hace difícil la aparición
y éxito de movimientos sociales capaces de frenar las tendencias
al autoritarismo, la fragmentación y la superexplotación;
ya que los movimientos sociales sólo son posibles cuando existe
una fuerte institucionalización de la vida cotidiana
21. Sin embargo, no comparto la idea de Tironi de que
el único riesgo que representa esta tendencia se encuentre en
que, debilitada la estructura de la sociedad civil por la desinstitucionalización,
se contribuye al fortalecimiento de la omnipotencia estatal frente a
los debilitados sectores de la sociedad civil. Ese peligro existe, pero
no es el único. En el polo opuesto a esa tendencia a la omnipotencia
o autoritarismo estatal, puede ocurrir que la marginalidad consolide
una ruptura en los lazos de solidaridad social y que esa ruptura promueva
la creación de tipos humanos incapaces de convivir dentro de
un encuadre comunitario, ni entablar entre si relaciones negociadas
capaces de impedir que sea la violencia la que ocupe, en forma constante,
el lugar de la palabra.
Repito. Es cierto que el enclaustramiento de los individuos en tales
asociaciones primarias incapacita a los sectores marginales para formar
núcleos más amplios. También es cierta la conclusión
de que tal debilitamiento no hace esperable la emergencia, en esa población,
de nuevos movimientos sociales; sino, por el contrario, su desaparición
allí donde aún existan. Pero hay más consecuencias
y no de menor importancia. Junto a la centralización del poder
estatal y empresarial, el repliegue de los sectores más castigados
hacia lo que luego llamaré “prácticas de refugio”
—tales como las sectas fundamentalistas o la participación
en diversas prácticas delictivas– acentúa la tendencia
hacia una creciente barbarización de las prácticas sociales.
Al compás, por un lado, de los grandes negocios de la droga y
las armas y, por otro, de los bríos fundamentalistas, se produce,
desde ángulos inesperados, la emergencia de signos de putrefacción
de nuestra civilización que augura épocas de sufrimientos
aún mayores a los actuales 22. Si Tironi
no contempla esta alternativa es porque, prisionero de una concepción
demasiado racionalista del actor social, no percibe la posibilidad de
que existan actores sociales que lo sean sin saberlo y sin proponérselo;
actores que, de todas maneras, son capaces de provocar efectos de gran
envergadura. Algunas prácticas de refugio tienen como consecuencia
la formación de esos actores. La delincuencia popular es una
de ellas.
LAS PRÁCTICAS DE REFUGIO
En
ese contexto de barbarización creciente de las relaciones sociales,
en varios estratos de la sociedad se ha ido creando un tipo específico
de prácticas sociales cuyo rasgo predominante es la organización
de la subsistencia en un medio social sumamente hostil. Entre esas prácticas
se incluyen estrategias de sub-sistencia económica y también
la creación de contextos que permitan los procesos de reconocimiento
e identificación indispensables para una regularmente saludable
vida psicosocial. Pero lo que las caracteriza no es la novedad de esas
estrategias sino, por un lado, la profundización de ciertas formas
de sociabilidad (que cada sector crea para asegurar la defensa común)
y por otro, la tendencia al aislamiento y la ruptura de los antiguos
lazos que aseguraban el sentido de pertenencia de cada uno de esos sectores
a la comunidad global. En adelante, a ese tipo específico de
relaciones las llamaré prácticas de refugio.
Uso
la palabra “refugio” para enfatizar que todas esas prácticas
son una respuesta defensiva en una organización social cruzada
por la marginación y la violencia. Aunque, (como en los casos
de las depresiones individuales o de la práctica de ciertas religiones
fundamentalistas, puedan predominar algunas conductas pasivas) el refugio
es en general una respuesta activa frente a un medio agresivo; es un
síntoma de que los lazos de la solidaridad social se han destruido
y, por lo tanto, como en una situación semibélica, los
refugiados complementan su refugio con diversas formas de “contraataque”;
esto es, de conductas violentas contra los que están cerca o
contra aquellos de quienes pueden obtener beneficios inmediatos. Tal
la cuestión, por ejemplo, de la delincuencia popular vinculada
a los grandes negocios de la droga o la venta de armas 23.
En
el marco de un mercado crecientemente desregulado, las desastrosas consecuencias
de las prácticas de refugio se han convertido en uno de los más
aterradores síntomas de la específica forma adquirida
por el proceso de globalización.
LA DELINCUENCIA COMO REFUGIO
Así
como una parte importante de las teorías sobre la marginalidad
se propusieron describir el contexto socioeconómico que explica
su aparición, otra corriente muy importante estuvo ligada a intentos
de caracterizar las formas de existencia de esos núcleos marginales.
Dentro de estas versiones, la que logró ma-yor difusión
fue la producida por el Centro Para el Desarrollo de América
Latina (DESAL).
Entre
los rasgos más importantes de esas subculturas, los investigadores
de DESAL comentaron los siguientes:
a) la frecuente
inestabilidad en las relaciones entre los cónyuges;
b) el papel central
de la madre en la estructura de la familia y en la educación
y manutención de los hijos;
c) la inclusión
en la familia de una red que incluye a los abuelos, tíos y vecinos;
d) una experiencia
sexual más precoz y libre que la normal en las familias de trabajadores
y aún de clase media;
e) grados elevados
de violencia en las relaciones interpersonales;
f) poco respeto
a la propiedad privada 24.
Según esa misma investigación, los grupos marginales difícilmente
podían ser actores políticos autónomos, pues se
distinguían por:
Como
se viera al comentar el trabajo de Tironi, muchos de esos rasgos sirven,
aún hoy, para describir la impotencia de esas poblaciones; incapaces
de participar e influir consciente y articuladamente sobre los nucleamientos
políticos globales. Pero esto no debería extrañar,
pues la marginación no es un efecto que se manifieste exclusivamente
en el mercado laboral sino que acompaña casi todas las esferas
de la vida cotidiana; ya que uno de los rasgos de la marginación
es, justamente, la exclusión de los circuitos de influencia legítima
sobre las relaciones de poder 25. De allí
que, en la investigación de esos sectores podrían volver
a ser útiles algunos aspectos de las teorías desarrolladas
en esa época: de la “concepción ecológica”,
según la cual se estructuran espacios urbanos marginales claramente
diferenciados; de la “concepción social” que permite
conocer la imposibilidad estructural de que esos sectores se introduzcan
en forma regularmente estable en el mercado laboral; de la “ciudadanía
limitada” que recuerda el poco o ningún acceso de los marginales
a los recursos que les permiten aprovechar los beneficios y derechos
a que los debería habilitar su participación en la sociedad
y aún de la tendencia a la conformación de una subcultura
propia a los que hiciéramos referencia en el anterior repaso
de las principales teorizaciones sobre los marginales.
Dada una exclusión que se reproduce a través de las generaciones26,
sería poco realista esperar que se desarrolle una cultura en
que la participación política cobre rasgos positivos de
integración, aunque sea por la vía del conflicto. Dicha
integración podría ocurrir con mayor probabilidad si tales
poblaciones reconocieran, en su experiencia, la posesión de recursos
de poder que habiliten el ejercicio de presiones de algún tipo
sobre los gobiernos o sobre otros sectores de la población. La
inexistencia de esos recursos puede llevar, en ocasiones, al surgimiento
de estallidos violentos; pero no a la gestión sostenida y prolongada
de propuestas de redistribución del poder o de creación
de una organización social alternativa. En los albores del movimiento
obrero occidental, era posible encontrar formas activas de exclusión
política, pero la integración de los obreros como fuerza
laboral en amplias comunidades intensamente interdependientes les proporcionaba
un recurso de poder que ese movimiento utilizó con cierto éxito.
Movimientos sociales modernos, como el feminista o el ambientalista,
en la medida en que están organizados y dirigidos por distintos
sectores de las clases medias, gozan de la influencia cultural que tales
sectores tienen, por su relación con los sistemas educativos
o con los órganos de creación de opinión pública
–tales como la publicación de libros o la participación
en los medios de comunicación masiva. En estos sectores marginales,
esos recursos están por definición ausentes; y tal ausencia
es uno de los indicadores de su radical marginalidad.
De
acuerdo con lo dicho, la opinión de Tironi podría aceptarse
sin discusión: si la única forma de existencia de un actor
social y/o político se reduce a la participación colectiva
en las formas legítimas del conflicto social, difícil
será contar con la población marginada para generar una
acción propia tendiente a la transformación de las relaciones
sociales. Pero ¿equivale esto a pensar que la existencia de esos
núcleos no produce ninguna consecuencia activa sobre el resto
de la sociedad? ¿Podría pensarse que la contigüidad
espacio temporal de esas poblaciones con el resto de la sociedad es
un mero dato, sin efectos –peligrosos o benignos— que deban
ser atendidos?
Por supuesto que no. Forzado por la contigüidad geográfica
antes aludida y garantizado por la necesidad que tienen esos sectores
de encontrar alguna forma de subsistencia material y simbólica,
se produce un efecto de homogeneización que es la base sobre
la que se constituyen nuevas identidades socioculturales y distintas
interrelaciones de ellas con el resto de la sociedad; esto puede ocasionar
la emergencia de formas de acción y conflicto que, aunque no
incorporadas al pensamiento socio-político tradicional, no dejan
de ser de gran importancia para el futuro de la vida en nuestros países.
 |
Tomo
el ejemplo de los llamados caseríos en Puerto Rico. Más
allá de las heterogeneidades de dichos nucleamientos
con sus similares de América Latina –sobre todo
en cuanto a su estructura urbana y a la solidez de sus construcciones—,
las categorías utilizadas por la población, en
sus interacciones cotidianas, reflejan el mismo carácter
de “enclave urbano de la pobreza” que tienen las
“villas miseria”, “callampas”, etc..
|
En el mapa urbano, los caseríos son un lugar casi mítico
de lo diverso y de lo peligroso. Aunque estén rodeados de urbanizaciones
de clase media o alta, los caseríos tienen fronteras simbólicas
(en muchos de ellos confirmadas por paredes y rejas) bien diferenciadas
y que todos respetan. A los caseríos “se entra” o
“se sale”: como se entra o sale de un país extranjero.
Y como también ocurre con los habitantes de un país extranjero,
los moradores de los caseríos son detectados por sus ropas y
sus costumbres: es común escuchar frases como las siguientes:
“habla como uno de un caserío” o “actúas
como los del caserío” o “por la ropa, es de un caserío”.
Cada una de esas frases da cuenta de la diferencia. De esa forma, aún
antes de que la convivencia prolongada llevara a los residentes de los
caseríos a tomar una identidad propia, ésta fue consagrada
desde afuera (por el otro); y esa consagración, con sus consecuentes
estereotipos, siempre tuvo consecuencias importantes en las oportunidades
de relación de los habitantes de esos enclaves con los restantes
miembros de la sociedad. Luego, los efectos de la rotulación
externa más la convivencia prolongada entre personas con oportunidades
semejantes de integración social, permitió el desarrollo
de formas subculturales que, además de poseer algunos de los
rasgos antes indicados, se expresan con nitidez en la creación
musical y artística. El testimonio de todos los que han debido
trabajar con esa población (trabajadores sociales y psicólogos
principalmente) dan cuenta de la diversidad de indicadores que permiten
afirmar esa identidad.
Hay expresiones especialmente destacadas de esa creación que
pueden ser captadas por los visitantes. Los Grafitti, por ejemplo, son
una manifestación típica de ese arte –visible en
los muros más destacados— tal como se ha desarrollado en
caseríos y barrios pobres de Puerto Rico. El despliegue de color
y la prolijidad con que son dibujados reflejan un profundo deseo de
reproducir, mediante el arte, escenas de la vida cotidiana de esos lugares.
Por ejemplo, en el Grafitti “joven que juega baloncesto”,
se reproduce uno de los momentos heroicos de un juego de baloncesto
–conocida pasión de los puertorriqueños— en
el que el jugador –cada uno de que se paran a contemplarlo—
está en vías de encestar. Mientras que en otros Grafitti
se pueden ver figuras humanas disparando con una pistola y más
allá una serie de tumbas: una impresionante dramatización
de la violencia cotidiana en la que viven dichas poblaciones. Y en otros
el nombre del caserío al que se sienten unidos por vivir en él.
Así, cada uno de esos Grafitti es un momento significativo
en que alguno integrante del caserío o del barrio produce
la elaboración artística de las propias experiencias
vitales, convirtiéndose en la vos de todos aquellos que
comparten sus vivencias.
|
 |
Sería sencillo criticar el concepto de marginalidad mostrando
los innumerables lazos y semejanzas que unen a esas poblaciones con
la sociedad global: pasean por los centros comerciales (no siempre los
mismos que utilizan otras clases o sectores sociales ni haciendo las
mismas cosas, pero nadie podrá decir que nunca han ido a un centro
comercial); usan marcas conocidas en sus ropas y sus zapatillas 27;
prefieren géneros musicales que, con algunas diferencias, también
prefieren los jóvenes de otros sectores; hablan el mismo idioma
(aun cuando lo mezclan de palabras típicas) que el resto de la
sociedad; desean manejar automóviles desde muy corta edad y sueñan
con ellos; y podría enumerarse infinidad de rasgos que crean
la certeza de que ninguno de ellos es un Zulú, ni habitante del
Tíbet o un marciano.

En
más de una ocasión, estos operativos policiales
fueron reemplazados o apoyados por efectivos de la Guardia nacional. |
Sin
embargo, eso no evita que ellos nos distingan cuando entramos
en sus territorios o que nosotros los distingamos cuando ellos
entran en los nuestros. Es sobre la base de esa distinción
–que asegura confianzas y compromisos con legalidades
no escritas pero no por eso menos exigentes— que se creó
un campo de influencia atractivo para empresas, como las de
manufactura y/o venta de drogas, que requerían conquistar
trabajadores aptos y espacios protegidos dentro de la selva
urbana. Dichos empresarios se erigieron en los nuevos intelectuales
capaces de reunir y organizar las interacciones sociales dentro
de los actuales marcos 28.
|
En casos como el de la delincuencia popular —al que me referiré
principalmente en este trabajo– tales prácticas son efecto
de la creciente marginación económica y social de extensos
grupos sociales y del aprovechamiento de esas condiciones por las empresas
de delincuencia; que reclutan en aquellos sectores el principal contingente
de sus trabajadores; ligándolos, sobre todo, a tareas relacionadas
con la producción y/o comercialización de drogas y/o armas.
Con la inserción de estas empresas (cuyo centro más conocido
–pero por supuesto el que simplemente se ubica en la superficie
de la organización— es el llamado “punto”:
lugar de distribución en el marco de una zona que es duramente
disputada por los empresarios, llamados bichotes, que han logrado su
control) la subcultura de esas zonas marginales asumió nuevos
rasgos: particularmente marcados por la internalización y natural
aceptación de la violencia (con otros grupos y con la policía)
como elemento inescindible de todos los acontecimientos de la vida cotidiana
y por la imposición de una legalidad mucho más estructurada
y con definidos centros encargados de asegurar su cumplimiento mediante
el uso de la violencia 29.
Dada
esa nueva forma de la subcultura marginal, la cárcel,
más que un castigo, es una forma de vida que se combina,
de modo “natural”, con la que se desarrolla fuera
de sus rejas. Mientras más endémica se ha ido
haciendo la marginalidad, más ha ido crecido esa particular
sociabilidad y su potencialidad para crear “habitus”
(Bourdieu, 1979) propios. Habitus y sociabilidades que no son
internamente anómicos. Por el contrario, están
muy bien institucionalizados y regulan las interacciones —internas
y con el resto de la sociedad– mediante códigos
de conducta bastante estrictos 30.
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Que incluyen, campañas
propias tendientes a mejorar las condiciones de vida del caserío,
como lo muestra el graffiti siguiente, pintado sobre la pared de un
“punto”de venta de drogas.
Esto no debería extrañar, pues se trata de formas de sociabilidad
que llevan ya muchos años de existencia y difícilmente
las sociabilidades sobreviven sin crear procedimientos típicos
de regulación hacia su interior y hacia su exterior 31.
Todas las entrevistas analizadas revelan la importancia que atribuyen
los entrevistados a esas normas que regulan sus vidas 32.
Es
más, llegando a extremos sorprendentes de abierta institucionalización,
en uno de los noticieros radiales de mayor audiencia en Puerto Rico,
se escuchó hace un tiempo la declaración de un portavoz
de la Asociación Ñeta, una de las organizaciones que en
las cárceles puertorriqueñas regula la sociabilidad carce-laria.
Dicho portavoz informaba, a la comunidad toda, que la Ñeta había
impuesto penas muy severas a toda persona que atentase contra la vida
de un inocente. Lo que en ese comunicado se entendía por “inocente”
era algún miembro de la familia o vecino de un distribuidor de
drogas o gatillero. Dado que existen guerras por el control de ese tráfico,
la Ñeta había decidido que era legítimo matar a
un miembro de otro grupo pero no era legítimo matar a sus allegados.
Además, en la declaración se indicaba que la “Asociación
Ñeta” no permitía, entre sus asociados, a personas
que fuesen “sátiros, violadores o que hubiesen matado por
contrato”. También en su interior se prohibía pelear,
robar o “tomar a un compañero como mujer, sea de palabra
o de hecho”. En esa declaración pública se dice
que la pena sería la expulsión de la Asociación.
Expulsión que en el estrecho y violento espacio de la cárcel
—en cuyo interior gobierna en forma absoluta la Ñeta 33
– es una condena sumamente temible. De esa forma, pública
y explícitamente, la declaración introducía, en
la guerra que establecen los grupos fuera de la cárcel, una legalidad
que todos debían respetar; e instituía de hecho, a la
Ñeta, como órgano legislativo y judicial que regla las
vidas de aquellos que están dentro y fuera de la cárcel.
Por otra parte, lo interesante y dramático del proceso que actualmente
lleva a la aparición de rasgos nuevos en las identidades de los
marginales pobres es la influencia adquirida por las modernas empresas
de tráfico de drogas y armas en esas formaciones subculturales.
Dado que la marginalidad ha tenido una forma de traducción espacial
que se manifiesta en la presencia de esos “enclaves urbanos de
la pobreza” a los que antes me referí, y en la medida en
que sus propuestas podían encontrar traducción en los
universos simbólicos marginales (en los que siempre se vivió
una relativa ilegalidad) y que podía satisfacer necesidades de
consumo que siempre fueron promovidas y presentadas como deseables por
la cultura dominante, las modernas empresas de delincuencia encontraron,
en esos núcleos, un lugar apto para sus operaciones. Luego, la
integración, en forma directa o indirecta, de esas sociabilidades
en el negocio, promovió un alto grado de interacción con
las necesidades operativas y las subculturas de ese tipo de empresas;
que llevó a que ellas contribuyeran a desarrollar formas de saber
(planificación de operaciones, diseño de mapas, formas
de asegurar solidaridades y complicidades, etc.) que agregaron nuevos
elementos a esos habitus y han dado un intenso contenido dramático
a la vida interna de las áreas marginales y a sus relaciones
con el resto de la sociedad 34.
Esa
confluencia entre los grandes empresarios de la delincuencia y las estrategias
de supervivencia de los sectores más pobres ha sido encontrada
en gran parte de los países latinoamericanos. Sobre todo en aquellos
en los que se producen esas drogas y en aquellos otros que cumplen el
papel de centros de redistribución.
Es
cierto que esa alianza entre las poblaciones marginales y las empresas
de delincuencia, aunque en una medida mucho menor, siempre existió;
y aún cuando no existiera, siempre los sectores marginales más
pobres estuvieron habituados a conductas penadas por la ley. Pero la
masividad, alcance, grado de estructuración y consecuencias culturales
de la conexión antes señalada son hechos nuevos.
Por ejemplo, tanto en el análisis de las entrevistas
con algunos de sus miembros como en el análisis de documentos
de las organizaciones de presos se destaca hoy un elemento clave,
poco comentado en anteriores estudios sobre la marginalidad:
la creencia en la “permeabilidad” de los límites
carcelarios en tanto frontera que separa a los miembros de estos
grupos marginales que están presos de aquellos otros
que no lo están.
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Esa
permeabilidad está implícita en: 1) la certeza de que
la cárcel es parte normal de la propia vida; 2) el poder regulador
que los presos tienen, a través de sus organizaciones, sobre
la vida interior de la cárcel y sobre muchas de las acciones
realizadas fuera de ellas; 3) la eficaz comunicación que existe
entre los que están fuera y los que están dentro de la
cárcel. Dicha permeabilidad asegura que la cárcel no sea
vivida como un ostracismo desastroso, tal como lo puede vivir cualquier
otro miembro de la sociedad. Esto distingue nítidamente la subcultura
marginal —efecto de las prácticas de refugio– respecto
de las subculturas de los restantes grupos sociales, para los que la
cárcel es un acontecimiento temido y representa una especie de
enterramiento u ostracismo forzado. Al mismo tiempo, la íntima
certeza sobre la probabilidad de sufrir una muerte violenta en cualquier
momento (muchos de los entrevistados tenían, de hecho, una expectativa
de vida que no sobrepasa los treinta o treinta y cinco años),
que se incluye dentro de una cosmovisión en la que alternan,
en diverso grado, el fatalismo con la epopeya (machismo, valentía,
solidaridad con la gente de su barrio o sus amigos, etc.), resta también
efectividad a la amenaza violenta como forma de control de las conductas
de esa población.

Sin duda, la existencia de esos marcos valorativos y normativos no indica
que tales comunidades se puedan organizar con el propósito de
encarar cambios revolucionarios o reformistas 35. Lejos
de ello, la relación con posibles organizadores externos estará
generalmente reglada por actitudes utilitarias 36
y las relaciones internas estarán cruzadas por antagonismos de
pandillas, o de otras formas de nucleamiento, entre las que actualmente
se cuentan “los puntos”, organizaciones dedicadas a la distribución
y venta de drogas – y en ciertos casos, también a la venta
de armas al pormenor. Pero el que esas poblaciones no sean capaces de
organizar una práctica revolucionaria o reformista no indica
que no sean capaces de influir en la vida social global. Por el contrario,
su conexión con las empresas de producción y/o distribución
de drogas y armas ha contribuido a un incremento notable, tanto en los
niveles sociales de dependencia de drogas como, muy agudamente, de los
episodios de violencia cotidiana (sobre todo en robos y asesinatos)
vividos y temidos por toda la sociedad (Castillo, 1987). Esto ha convertido
a las poblaciones marginadas en actores de gran influencia en la vida
social. Son actores diferentes a los imaginados por Tironi; pero no
por ello menos importantes para evaluar el destino hacia el que estamos
dejando que se dirijan nuestras sociedades. Entre esos efectos pueden
contabilizarse:
a) el incremento notable de la inseguridad colectiva (robos, asesinatos,
drogas, etc.)
b) la generación
de una tendencia al crecimiento de los núcleos habitacionales
“cerrados”, rejas en las casas, policías privados,
etc.
c) la formación
de corrientes de opinión que favorecen los aumentos de las penas
y la disminución de los derechos civiles; poniendo a toda la
población a merced del autoritarismo estatal y la discreción
de los aparatos represivos;
d) las auto restricciones
en el acceso a lugares y ocasiones de sociabilidad, debido al encierro
preventivo de gran parte de la población;
e) el encarecimiento
de los lugares en los que la población podría gozar de
entretenimientos que permitan un buen uso del tiempo libre;
f) promoción
capilar del uso y tráfico de drogas; etc. 37
.
Como
no podía ser de otro modo, tales prácticas de refugio
no son formas de rechazo sino estrategias de adaptación. Pero
en tanto estrategias de adaptación a una estructura social perversa,
actúan sobre la vida social de dos formas: como síntomas
de tal perversidad y como irritante que contribuye a incrementar la
crisis de las que son expresión. Uno de esos efectos es el cierre
de comunidades, como “forma de defensa ante el crimen”;
otros efectos son: el miedo que perméa la vida cotidiana, la
tendencia a incrementar las limitaciones a los derechos civiles o al
incremento de solicitudes de mayor intervención violenta por
parte del estado en la vida social, etc..
Lo grave en la aparición de tales prácticas es que la
reiteración en el tiempo de tales conductas, y de las condiciones
que las hicieron necesarias y posibles, se crean actitudes, valores
y expectativas que las convierten en una específica forma de
existencia; profundizando la fragmentación social y la tendencia
a la consolidación de una crisis orgánica (Laclau, 1990)
que abre paso a gobiernos cada vez más autoritarios. Con el crecimiento
del ejército y de las policías públicas y privadas,
muchos de los que hoy se creen beneficiarios de este modelo están
alentando el desarrollo de un sector de la sociedad que cualquier día
puede volver las armas contra aquellos mismos que hoy les pagan y los
aplauden, imponiendo sus condiciones y sus propias formas de ver el
mundo. La prepotencia y la corrupción serán entonces las
leyes principales. Pero hay otras consecuencias aún más
inmediatas.
Comencé este trabajo recordando que el espacio es una
forma de existencia social. Esto se aplica también
al amurallamiento mediante el que varios sectores sociales,
dentro de sus posibilidades, intentan aislarse de un mundo
que cada día les produce un miedo mayor. En Puerto
Rico, por ejemplo, se han cerrado o se han construido ya cerradas
una inmensa cantidad de comunidades, con el propósito
de establecer eficaces controles mediante guardias de seguridad
privados.
Orlando de
la Rosa (1993:26-27), planificador urbano, comenta las consecuencias
de esos cierres de la siguiente manera:
1. Habrá
una paulatina segregación espacial.... Los precios
de los diversos proyectos urbanos resultarán ser desmedidamente
altos. Esa condición excluirá a los sectores
medios y bajos incapaces de sufragar estos costos por concepto
de vivienda propia.
|
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2 (...............................................................................................................)
3. ... fomentará
el aislamiento y la enajenación social, e incrementará
el escepticismo, la negación de la realidad colectiva y el hermetismo
social. Las ciudades tenderán a ser mucho más cerradas
y departamentalizadas por estos proyectos nuclearizados, desconectadas
del entorno y de las comunidades periféricas....
4. Habrá
cambios y evidentes complicaciones en las políticas públicas
vigentes y en los servicios a las comunidades.
5. Habrá
una marcada puesta en cuestión del poder del Estado y de su capacidad
de dominio y diligencia frente al crimen. Por otro lado se puede vislumbrar
un incremento en el uso de los mecanismos privados de represión
para guardar el orden social.
6. ... representan
simbólicamente un explícito reconocimiento de la primacía
y dominio que poseen las prácticas ilegales sobre el espacio.
Prácticas que forzarán a la ciudadanía a desarrollar
patrones de hermetismo colectivo, respaldados por todo un montaje comercial
que se nutre de ellos y de la caótica condición social.
7. En términos
de accesibilidad en casos de emergencias o desastres naturales estas
barreras representarán serios inconvenientes, poniendo en peligro
la vida y propiedad de la comunidad en pleno.
La
pérdida de espacios públicos, o su desconexión
y empobrecimiento no son sólo reflejo de una creciente ruptura
en las formas básicas de la solidaridad social, lejos de ello,
se convierten a su vez en causas activas que tienden a profundizar esa
ruptura y que contribuirán poderosamente a consolidar la tendencia
al aislamiento, la desconfianza mutua y la agresión.
Lo que hoy debe preocuparnos más que nunca es la dimensión
del fenómeno y la actual impotencia social para combatirlo. Las
inútiles y perjudiciales políticas represivas (el incremento
de las penas, la disminución de la edad para ser considerado
responsable de los propios actos, la militarización de las comunidades
populares y por último la concesión a comunidades privadas
del derecho a cerrar la comunidad al tránsito), lejos de suprimir
el fenómeno, lo hacen más peligroso e irreversible. Tal
como lo demuestran la antigua Yugoslavia, los conflictos de Medio Oriente
y tantas otras experiencias mundiales, el llegar a la guerra como forma
básica de las relaciones sociales destruye las conquistas más
ricas de la sociabilidad humana, transformando a cada humano en un salvaje
incapacitado para negociar sus diferencias en el campo de la palabra.
El
caso es sólo aparentemente lejano. Aceptando sin discutir las
condiciones en que se produce y reafirma la marginación, la “mano
dura contra el crimen” hace de la guerra una muy peculiar forma
de intercambio; reproduciendo y profundizando las identidades excluyentes
de los que están de un lado y otro de la frontera que alejó,
de la sociedad legítima, a los marginales. Desde ese momento,
la única salida posible será, como lo anunciara Hobbes,
la de matar o morir. Y esto provocará que, día a día,
mayor cantidad de nosotros se acostumbre de pensar a los otros como
no humanos; y que, desesperados y atemorizados, nos convenzamos de que
la exclusiva solución es el genocidio: la creciente prédica
sobre la necesidad de la pena de muerte es un síntoma de esa
tendencia.

Por eso, la lucha contra las causas de la marginalidad no es una lucha
por la vida y fortuna de “esa pobre gente”. No es un acto
desinteresado de generosidad hacia otros sino una forma de conservar
nuestros propios valores y asegurar que no desaparezcan las condiciones
sociales en que ellos son posibles: en las guerras solo hay asesinos.
Evitar la guerra es un acto de piedad hacia nuestra integridad moral.
Pero las guerras solo pueden ser eludidas evitando la profundización
de los procesos que llevan hacia ella. Sobre todo, evitando que se abran
fronteras intransitables e innegociables con otros sectores sociales.
En caso contrario, los procesos que nos llevan a convertirnos en víctimas
o victimarios son irreversibles: las guerras no pueden ser impedidas
cuando las condiciones de su producción ya se establecieron.
Si dejamos que los procesos de marginación se impongan, cada
uno de nosotros, llevado a las condiciones de matar o morir, no tendrá
elección. Podremos elegir entre ver morir nuestros valores humanos
(sumándonos a la jauría que proclama la necesaria venganza)
o sentir el calor final de una bala o de un instrumento de tortura con
que un amigo aterrorizado o un enemigo muerto de miedo impondrán
castigo a nuestra, incomprensible para la mayoría, disposición
a no compartir la locura colectiva.
CONCLUSIÓN
Aunque
parezca mentira, la encrucijada en la que hoy nos encontramos fue prevista
y discutida, en sus trazos generales, ya en el siglo pasado. Según
los optimistas cálculos de Karl Marx, llegaría un momento
en que el libre desarrollo de esa “contradicción en proceso”
que es el Capital, produciría la desaparición de las condiciones
mismas de su reproducción. Marx pensaba que, con la automatización
generalizada, “el robo de trabajo ajeno, sobre el cual se funda
la riqueza actual, aparece como una base miserable comparado con este
fundamento (...) creado por la industria misma” 38:
llegado ese momento, sería posible y necesario abandonar la esclavitud
del trabajo para reemplazarla por una actividad laboral que fuese una
pura y gozosa expresión de la creatividad humana (Marx, 1982:
227-229). En el otro extremo, por la misma época, y también
refiriéndose a la eventual automatización generalizada
de la producción, Sismondi preveía el desarrollo aterrador
de una desocupación y miseria generalizadas (Settembrini, 1974).
Tengo la firme impresión que, entre esos augurios, la imagen
que nos devuelve el presente es mucho más cercana a la vaticinada
por Sismondi que a la deseada por Marx.
Sin
embargo, lejos de esos tenebrosos augurios, hay una versión sobre
los tiempos que corren que es verdaderamente estimulante y alegre. Según
ella, el futuro estará iluminado por la racional dirección
de grandes y habilidosos técnicos y empresarios, por la mágica
regulación armoniosa del mercado y por la superación de
los egoísmos nacionales debido a la obsolescencia de todas las
fronteras: inutilizadas por las hondas electromagnéticas que
las perforan infinita cantidad de veces todos los días. En esa
misma vena, las más optimistas versiones muestran cómo
las redes de computadoras se cargan día a día con mensajes
que cruzan el mundo de una a otra región incrementando nuestra
información, las interacciones entre los más diferentes
sectores y nuestra capacidad de opinar sobre cada acontecimiento mundial.
Como un ejemplo claro de esa fiebre exitosa de internacionalismo, hace
un tiempo, en “Línea América” (programa informativo
español que difunde el canal seis) se presentó un grupo
de rock español (que fue Punck en los 80) y que estaba en Santo
Domingo incorporando al rock el ritmo latino: se autodenominaba “Seguridad
Social” y proclamaba el mestizaje como el destino más
saludable para todos los seres humanos y sus productos. Todo es color
del color de la esperanza.
Acunados por la intuición de que no hay otro mundo posible, los
intelectuales hemos tendido a quedarnos sin decir nada o a aceptar el
anodino decadentismo posmoderno. Que en su versión más
vulgar suele decir palabras semejantes a las siguientes:
“…
para que te lo tomas todo en serio, si todo es una metanarrativa que
inunda los hipertextos modernos. Mira el juego y, si tienes genio, compártelo.
Esa cara de grave preocupación está fuera de toda justificación.
Qué poca gracia la tuya.”
Sin
embargo, aunque el llamado suene absolutamente anticuado, creo que es
hora de que la indignación vuelva a mover nuestras voluntades
y la audacia y responsabilidad de las ideas vuelva a movilizar nuestras
inteligencias. De otra manera, seguiremos escuchando a nuestros gobernantes
hacer apologías a la libertad de los empresarios y promesas tendientes
a continuar desarmando el laborioso sistema de solidaridades construidos
con sacrificio durante todo el siglo; sin que nada ocupe su lugar.
Cuando
la crisis es aguda, mal puede esperarse que los integrantes de la sociedad
reaccionemos con posturas altruistas. Menos cuando se ha llegado a una
gran desorganización de las entidades por medio de las cuales
se regulaba la solidaridad social. Pero ese no debe ser un obstáculo
pira pensar en formas posibles de reacción. Las dimensiones de
la crisis hacen que el discurso ya no se articule necesariamente sobre
la necesidad ética de que los más favorecidos seamos generosos
y nos unamos a la causa de los pobres o los desvalidos. Tanto la inaudita
agresión contra el ambiente como la generalización de
la marginación, la explota-ción, la corrupción
y el enfrentamiento social, nos obligan a actuar juntos en procura del
propio bienestar. La violencia o la intolerancia, que fue el tema central
de este trabajo, afecta en forma claramente definida a los sectores
marginales. Pero, por otra parte, lo singular de esta crisis es que
no sólo son los sectores más pobres los que se ven obligados
a generalizar tales prácticas de refugio. Aunque el metal de
sus jaulas es diferente, y aunque es diferente el mobiliario con que
esas jaulas están adornadas, también son los sectores
más ricos los que han debido migrar a zonas exclusivas y/o rodearse
de rejas y guardias de seguridad que, en infinidad de casos, terminan
siendo sus victimarios. Con ello, disminuye la calidad de vida no sólo
de los más pobres sino de casi toda la población; que
ve limitada su libertad de movimiento y en peligro la propia vida.
Por eso no se trata de propugnar una actividad alentada por la caridad
cristiana o los valores altruistas del socialismo, ni con el exclusivo
fin de mejorar el mundo en que habitarán nuestros hijos, ni para
hacer más llevadera la vida de otros sujetos. Debemos actuar
para lograr el beneficio de hoy para cada uno de nosotros. Será
el menor o el mayor éxito de esa acción lo que mejorará
o no nuestro bienestar y el bienestar y la vida de los que en el futuro
han de llevar nuestros apellidos. No se trata por eso de repetir soluciones
pasadas ni necesariamente elevar las banderas del estatalismo socialista
o la del viejo estado de bienestar 39. En
cambio, sí creo que es necesario romper de una vez por todas
con la prudencia de los derrotados y, sobre todo, con la dudosa ética
del decadentismo posmoderno. Estamos en una época de indispensable
invención colectiva. Es cierto que nuestra capacidad, individual
o grupal, de incidir en el rumbo de nuestras sociedades es muy, muy
pequeña. Pero, aún cuando lo que tenemos al alcance de
nuestra práctica sea irrefutablemente pequeño, eso no
puede ser razón para no actuar; al menos, para decir que se hizo
lo posible. Muchos coincidimos en que el mundo no tiene un sentido trascendente
ni se mueve por leyes que lo lleven necesariamente hacia un futuro promisorio.
No queda, pues, otra opción que pensar en cómo contribuimos
a que el presente sea menos insatisfactorio, para desde allí
inventar otro futuro.
Quiero
ser claro: no se trata de planear una revolución. Cuando ocurren,
las revoluciones son parte de un largo proceso de cambios, de transformaciones
en las formas de relaciones interpersonales y claros desarrollos de
nuevas formas institucionales. Nadie está, hoy en día,
en condiciones de pensar en revoluciones y menos de llevarlas adelante.
En cambio, es necesario explorar las nuevas brechas que puedan ir abriéndose
en el actual modelo y producir formas de resistencia que abarquen todos
y cada uno de los centros de nuestra actividad (desde, por ejemplo,
una prédica constante para conseguir que se generalice la convicción
de que la mayor productividad debe ser acompañada por una disminución
del tiempo de trabajo y no por el desempleo masivo, hasta una decidida
autodefensa de los consumidores frente a la agresión de la prensa
amarilla y/o la lucha por mayor autonomía y participación
en los gobiernos locales, y/o la defensa del medio ambiente, y/o la
creación de una asociación de trabajadores precarios tendiente
a negociar las condiciones de venta de los propios servicios, etc.).
Cualquiera sea el medio, el objetivo debe ser un cambio de gran envergadura
en los principios básicos que ordenan nuestra civilización
y para eso, los intelectual deberemos recobrar, en alguna medida, una
capacidad de investigar y pensar en forma autónoma, que poco
a poco hemos ido perdiendo.
NOTAS
1 Ponencia presentada en el II Encuentro Internacional “Movimientos
y desigualdades”. México D.F.; México: 17 y 18 de
noviembre de 1993. Las principales fuentes a las que recurrí
fueron entrevistas en profundidad a una serie de jóvenes habitantes
de caseríos, a psicólogos que se encargan de servicios
asistenciales hacia esa población y a las experiencias que cotidianamente
me proporciona la vida en esta sociedad. Agradezco los comentarios de
la Dra. Inés Quiles.
2 De allí
que, pese a su imprecisión teórica, la capacidad evocadora
de nociones como “centro/periferia”, “marginalidad”
y “norte/sur” —extraídas de las ciencias del
espacio– han podido ser convertidas en metáforas que permiten
caracterizar determinadas estructuras y relaciones de fuerzas sociales.
3 Para evaluar
el impacto ideológico de estos acontecimientos baste recordar
el trabajo de Francis Fukuyama "¿El fin de la historia?".
Publicado por primera vez en la revista norteamericana The National
Interest, en la edición del verano boreal de 1989. Allí dice:
"[...] Algo fundamental ha ocurrido en la historia mundial [...]
el siglo que comenzó lleno de autoconfianza en el triunfo final
de la democracia liberal occidental parece estar cerca de cerrar el
círculo volviendo al lugar donde comenzó: no a un 'fin
de la ideología' o a una convergencia entre capitalismo y socialismo,
como se predijo anteriormente, sino a una desembozada victoria del liberalismo
económico y político.
El triunfo de occidente, o la idea occidental, es evidente antes que
nada en el total agotamiento de alternativas sistemáticas viables
al liberalismo occidental. En la pasada década se han producido
cambios inequívocos en el clima intelectual de los dos mayores
países comunistas [...] Pero este fenómeno se extiende
más allá de las altas políticas y puede verse también
en la extensión irresistible de la cultura occidental de consumo
[...].
Quizá estamos siendo testigos no sólo del fin de la Guerra
Fría, o del pasaje de un período particular de la historia
de posguerra, sino del fin de la historia como tal: esto es, el punto
final de la historia ideológica de la humanidad y la universalización
de la democracia liberal occidental como la forma final del gobierno
humano [...] (:3)
[...] la victoria del liberalismo ha ocurrido principalmente en el reino
de las ideas o las conciencias y es aún incompleta en el mundo
real o material" (algunas cuestiones teóricas concernientes
a la naturaleza del cambio histórico): (:3)
4 En muchos
contextos, la migración ha contribuido a acrecentar esas singularidades
mediante la formación de los ghettos migratorios; que crecen
tanto en Europa como en los Estados Unidos, pero también en las
grandes urbes de los países menos desarrollados (Saint Pierre,
1990). En todos los casos, su incremento se realiza en medio de grandes
tensiones y la reaparición de peligrosas ideologías racistas
(Ardittis, 1990; Bovenkerk y otros, 1990)
5 Sólo
en los casos de las elites más sofisticadas, como la de los técnicos
del Banco Mundial, el esfuerzo se dirige también a destinar algún
financiamiento hacia actividades que tiendan a disminuir las tensiones
sociales producidas por esas políticas de reconversión.
6 El estado
nación es demasiado pequeño para los grandes problemas,
porque no existen mecanismos internacionales efectivos para resolver
los problemas de flujos de capital, los desequilibrios entre productos,
la pérdida de empleos y las varias oleadas demográficas
que se presentarán en los próximos 29 años. Pero
es demasiado grande para los pequeños problemas, porque la afluencia
que se puede ejercer sobre el poder que radica en un centro político
nacional se vuelve cada vez menos eficaz dada la variedad y diversidad
de necesidades locales; por lo que los centros políticos locales
pierden la capacidad para controlar efectivamente los recursos y tomar
sus propias decisiones
7 Desgraciadamente,
lo que escribí en forma irónica y sin pensar que pudiese
llegar se convirtió, más de diez años después,
en la dura realidad de la guerra preventiva de los Estados Unidos. Estado
que, que creando un enemigo desterritorializado, legitimará de
ahora en más cualquier intervención bajo la explicita
consigan quienes no están con nosotros están contra nosotros.
La primera víctima de esa estrategia fue Afganistán y
la segunda Irak. No sabemos quienes seguiremos.
8 Mediante acciones
no siempre concertadas, pero generalmente coincidentes en sus razones
y objetivos.
9 Si bien esas
estructuras del estado de bienestar eran formas de control sobre los
trabajadores (Fox Piven y Cloward, 1971), que llegaron a ser muy eficaces,
la práctica de los obreros individuales y de sus sindicatos había
ido logrando ventajas (sobre todo para los obreros sindicalizados de
las ramas más productivas) que permitían mejorar las condiciones
contractuales.
10 Las formas
de nucleamiento, organización y reivindicación que habían
regulado la participación de los trabajadores y empresarios por
más de cincuenta o sesenta años.
11 Esto ha sido
parcialmente percibido por Ratner y McMullan, 1983. El gobierno de Puerto
Rico, ha comenzado, hace unos años, un plan de privatización
de servicios básicos, tomando como proyecto piloto la privatización
de lo que queda de la enseñanza pública (a los que se
agregaron, luego, los servicios de salud). Según trascendidos,
la elección de ese sector se debió a que los maestros
son los trabajadores que más deudas tienen y, por ende, menores
posibilidades de soportar una huelga por mucho tiempo.
12 Eso es un
fenómeno común a todos los países, pero es profundamente
cierto en los países menos poderosos, cuyos aparatos gubernamentales
no tienen capacidad para decidir sobre las principales cuestiones que
hacen a la marcha del propio país.
13 Ver Claridad,
nov. 1993
14 Las investigaciones
sobre pobreza en América Latina son abundantes, desviaría
su tratamiento en este artículo, que solo pretende ser un estímulo
a pensar algunos de los efectos de esa situación en relación
con las estrategias asumidas desde los gobiernos, y aceptadas por gran
parte de la población, como una forma adecuada de solución.
15 La escuela
de Chicago basó su explicación en la desorganización
social producida por la rápida y poco regulada urbanización.
Ese concepto refería a la situación en la que muchos residentes
no estaban integrados en las instituciones sociales de su comunidad
tales como Iglesias, escuelas, grupos barriales tornando a esas instituciones
poco efectivas para controlar la conducta de esa parte de la población.
Esa desorganización era atribuida al rápido cambio de
la población, la heterogeneidad de sus residentes y la escasez
de recursos. Al mismo tiempo, la persistencia de esas condiciones tornaron
esas conductas delincuentes en parte de la tradición cultural
transmitida de una generación a otra (Kornhauser, 1978). Chilton,
1964 y Bordua, 1958 hicieron estudios en Baltimore y Detroit e Indianapolis.
La correlación entre indicadores de pobreza y delincuencia fue
alta; Eleonor Maccoby, Joshef Johnson y Russell Church (1958).
16 Una inteligente
elaboración crítica de la discusión sobre la marginalidad
se puede encontrar en Weford y Quijano, s/f.
17 Alarma conservadora
y entusiasmo revolucionario.
18 Son ellas
las que aseguran la continuidad y preservación de la memoria
y las que sirven de base a las estrategias de sobre vivencia y adaptación
al mundo.
19 Empalmando
con una tendencia de larga data.
20 Entre los
años 1983 y 1985.
21 Gramsci había
comprobado prácticamente esa importancia de la institucionalización
de la sociedad civil en el desarrollo de los movimientos sociales.
22 Putrefacción
agravada, en Puerto Rico, por el monopolio que el periodismo amarillo
ha hecho de los medios informativos, por la devastadora invasión
de los espectáculos de sexo y violencia y varios otros síntomas
parecidos.
23 Otras prácticas
de refugio pueden identificarse en algunas adicciones, en la proliferación
de sectas fundamentalistas y en el auge de ciertos nacionalismos. Muchas
de estas prácticas se combinan entre si de manera diversa y son
frecuentes en las poblaciones marginadas. También forman parte
de esta tipo de prácticas la intransigencia de aquellos que procuran
salir de la angustiosa pérdida de identidad y de orientación
mediante la subordinación a algunas de las empresas religiosas
que alientan y medran con la subordinación total de esos seres
a ideologías que invaden toda sus personalidades regulando cada
aspecto de su vida cotidiana.
24 Oscar Lewis
hizo una caracterización parecida al hablar de la “subcultura
de la pobreza”.
25 Que por supuesto
solo se expresan muy parcialmente en la influencia electoral de estos
marginados. Influencia que ellos han aprendido a utilizar para el logro
de algunas ventajas circunstanciales en épocas eleccionarias,
pero que se pierde casi totalmente durante la gestión gubernamental
de aquellos que ellos contribuyeron a llevar al gobierno.
26 Proceso de
reproducción intergeneracional que sigue existiendo y que hace
muy poco útil, al menos en este caso, el enfoque individualista
al que quiere reducir la cuestión teóricos como Rosanvallón
( 1995).
27 Vale aclarar
sobre esto que la marca de los “tenis” es uno de los principales
elementos de distinción entre los jóvenes puertorriqueños
de los sectores populares.
28 En las entrevistas
es frecuente la referencia a momentos de aprendizaje de técnicas,
como la de interpretación de mapas urbanos o la elaboración
de códigos secretos, que demuestran que la sofisticación
no es solo la de los armamentos.
29 Son también
frecuentes los testimonios de jóvenes que se debaten en el drama
de sumarse a la violencia hacia otros participando de una escalada que
ellos saben los llevará a una vida de ilegalidad creciente o
ser víctimas de esa violencia, por parte de aquellos que le inducen
a incorporarse a la nueva forma de vivir. Varios son también
los testimonios sobre jóvenes que han sido asesinados por no
aceptar participar en las reglas de los grupos que dominan en sus barrios,
urbanizaciones o caserios.
30 Ver página
n° 28. Esto último ha sido también convicción
generalizada entre quienes radican la principal explicación de
la delincuencia en los valores aprendidos dentro del medio social en
que crece el delincuente (Gibbonas y Krohn, 1991).
31 La existencia
de lo que Erving Goffman llamaría “marco” podría
haber sido sospechada, dado que de otra forma no sería pensable
la existencia social en esos nucleos sociales urbanos. Sin embargo,
son los estereotipos “etnocéntricos”, propios de
los sectores medios, los que han llevado a la mayoría de los
comentaristas a ni siquiera sospechar la existencia de esos, más
o menos explícitos, marcos de referencia normativos.
32 Entrevistas
realizadas por mí y por la Dra. Inés Quiles (que coinciden
con lo que vieran en México, Gomezjara y otros, 1987).
33 Según
los testimonios recogidos tanto entre habitantes como entre trabajadores
sociales.
34 Un testimonio
notable de u grupo de científicos sociales que trabaja en forma
interdisciplinaria en un Hogar juvenil, es que varios de esos jóvenes,
preguntados sobre cuáles son sus perspectivas y sus deseos de
vida al salir de allí, aseguren que volverán a “tirar”
drogas o hacer otro tipo de actividades relacionadas con el mismo negocio
que los llevó a ser detenidos. Ese testimonio es notable pues
rebela hasta qué punto las identidades de esos adolescentes se
ha formado en esa cultura. La tarea de ese grupo de científicos
y de los propios maestros, psicólogos y trabajadores sociales
que son parte de la institución es la de dar cursos y coordinar
otras actividades tendientes a que esos jóvenes cambien sus actitudes
y dejen el negocio de las drogas. Sin embargo, tan fuerte es la identidad
subcultural que algunos de ellos se atreven a desafiar la autoridad
de aquellos que, con solo informar a las autoridades sobre esas declaraciones,
tienen en sus manos asegurar que esos adolescentes seguirán entre
rejas.
35 Sobre esta
cuestión ver, entre otros, Stuart, 1988.
36 Con gran
capacidad metafórica, uno de los entrevistados de los autores
del libro Las bandas en tiempos de crisis dice, refiriéndose
a la ayuda de agencias externas, que es necesario “ordeñarlas” todo lo posible (Gomezjara y otros, 1987).
37 Por supuesto,
la tendencia al consumo tiene determinantes mucho más complejos
que un mero incremento en la oferta, pero ellas escapan a la esfera
de posibilidades analíticas de este trabajo.
38 El autor
se refiere a la constante revolución científico y técnica
que termina haciendo del tiempo de trabajo una medida inadecuada para
la riqueza social: “el valor de cambio deja de ser la medida del
valor de uso”.
39 Creo que
sus principios éticos no han perdido vigencia, pero sí
algunas de sus formas de acción política.
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